La xenofobia que se siente

Ver de cerca el odio de una horda neonazi, como se ve en el video que reproduzco más abajo, es espeluznante. Aquí se ve una manifestación de Pegida (Patriotas europeos contra la islamización de Occidente) celebrando su primer año y un reportero, de piel oscura y en un alemán impecable, le pregunta a la gente que porqué está ahí. Una mujer dice que se podría dar que: “…cuando les den una señal desde la mezquita nos ataquen con cuchillos a todos…” Ella ha oído de un caso así, alguien ahí mismo, en la manifestación, se lo había contado. Luego, el reportero pregunta: “Pero usted me tiene miedo a mi? Yo tengo raíces migrantes, árabes …”. La mujer se ríe y dice: “No, a usted no, si usted ya está integrado…”. Más adelante en el video el reportero se encuentra con personajes bastante más violentos, a los cuales no les importa que el reportero en cuestión, visiblemente de ascendencia no alemana, esté “integrado”.

Me vienen a la cabeza imágenes de la época nazi: la más inocua aunque de un horror muy cercano por ser una escena de barrio: un hombre anciano, obligado a arrodillarse en la calle y limpiar el suelo, con la gente mirando: un judío. ¿Como fue posible este horror? Esto nos hemos venido preguntado las siguientes generaciones durante décadas. Hoy pareciera que lo estamos viviendo: el cómo fue posible.

Hace 30 años yo todavía alcancé a vivir el curioso tabú que había en Alemania contra toda expresión de nacionalismo, ondear la bandera en actitud patriótica estaba muy mal visto. Pues el nacionalismo alemán fue tabú. Fue. Hubo un momento, me acuerdo, en el que se hizo claro que el tabú había caído: en el mundial de futbol del 2006, Alemania celebró sin tapujos sus victorias y pudo ondear su bandera, este cambio de actitud se comento bastante en su momento. (1)

El Pegida en cuestión es una pequeña minoría y no hay que otorgarle más alcance del que tiene. Ya yéndome a Austria, lo preocupante se da en la población más general. He oído, viniendo de gente relativamente cercana, comentarios que expresan miedo/odio hacia los inmigrantes musulmanes: Que el país se está islamizando y en unos años vamos a perder nuestra cultura. También argumentos más elaborados y que reflejan los de el partido racista de derecha, el FPÖ: Que nos quitan el trabajo, la vivienda, que viven del dinero del estado, y reciben más que “los nuestros”. Prácticamente todos argumentos que se desbaratan con solo informarse un poco y mirar datos reales. Y uno de los mas efectivos: Que maltratan a sus mujeres y no comparten los valores occidentales… Este tema ya daría para varios libros. Solo decir que uno de los personajes más machistas que he conocido en mi vida justamente surge de puras cepas rurales austríacas donde hay auténticos trogloditas. Pero desde una visión racista “ellos” están todos anclados en la prehistoria y “nosotros” somos todos civilizados.

Lo que tal vez me da mas duro del giro de los últimos años es que el odio, el menosprecio hacia el extranjero se ha normalizado. Aunque los violentos sean pocos, el expresar prejuicios y juzgar por el color de la piel o la procedencia sí ha perdido toda vergüenza social. Ya el racismo no es tabú ni cuestión de algunos extremistas solamente.

Volviendo al tema de los refugiados, los perjuicios están llegando más allá, con ayuda de “rumores” descaradamente falsificados (2) y campañas políticas que incitan al odio: Que los refugiados violan, atacan tiendas para robar, etc. Y ver como la gente estos días está esperando en las fronteras para poder llegar a una Alemania que se ha vuelto la tierra prometida, ya aguantando no solo su historia, hambre y cansancio, sino además frío; ver estas imágenes y saber que se van a encontrar con un racismo creciente … esto es muy triste. Vienen de las guerras modernas en las que países poderosos bombardean países que no pueden tomar represalias. ¡Que guerras más limpias! … para los que atacan desde el aire. La otra parte de la “guerra”, la de los que huyen de sus países destrozados, esta parece que no había entrado en el cálculo…

Pero Austria tiene también otra cara. En un reportaje (3) a Andreas Babler, el alcalde de Traiskirchen, el pueblo austriaco donde está localizado el gran campo de refugiados de Austria, podemos darnos cuenta de que las cosas no tendrían que ser así. En este pueblo es donde mas potencial habría para que los nativos se sientan amenazados o en peligro de perder su cultura, etc. En el pueblo hay una situación desesperada y caótica con la llegada de tantos refugiados. Y sin embargo… Con una política de comprensión y diálogo, de inclusión de los refugiados en actividades con los habitantes de este pueblo, el alcalde ha logrado mantener una actitud abierta y solidaria hacia ellos. Esto se refleja en que los votantes del FPÖ, el partido de derechas y racista ya mencionado, se ha mantenido, sorprendentemente, en números bajos (14%). Lejano al 30% que logró este partido en la últimas elecciones regionales austríacas. El alcalde es muy cercano a la gente del pueblo, en los restaurantes y bares habituales participa en discusiones que hablan de problemas reales (¡no de los imaginarios!) que pueden surgir en la convivencia con los refugiados, actuando en parte como mediador, escuchando las quejas. Intenta aclararle a los vecinos del pueblo que el problema no son los refugiados, sino un sistema que no les ha dado otra opción a estas personas. Y que hay que convivir.

(1) Ver por ej. http://www.vergessene-fahnen.de/
(2) “Flüchtlingshetze im Internet” Reportaje austríaco de la ORF sobre la falsificación de datos que criminaliza a los refugiados:
http://tvthek.orf.at/topic/Fluechtlingskrise/10463081/Thema/10764941/Fluechtlingshetze-im-Internet/10764943
(3) https://nzz.at/phenomenon/wie-ein-hemdsaermeliger-weltverbesserer-in-traiskirchen-die-fpoe-klein-haelt/

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Algunas impresiones desde Cataluña

¿Que está sucediendo en Cataluña? Cumplí hace poco diez años de vivir en Barcelona y hay que decir que se necesita tiempo para llegar a cierta comprensión.

Cuando llegué no hablaba nada de catalán y mis primeras vivencias no fueron muy positivas respecto al idioma. En la Universidad, asistí a una introducción al uso de la biblioteca en la que muy correctamente se preguntó si todos los asistentes entendían catalán. Yo, claro, dije que no, y tras unas frases en castellano la introducción continuo inmutable en catalán. Hoy me hace gracia pues seguramente la persona en cuestión ¡no se dio cuenta de que había cambiado de idioma! Sucede. Pero en ese momento, y para alguien que consideraba una regla básica de cortesía intentar hablar en un idioma que el interlocutor entienda, me resultó algo rudo lo sucedido. En los siguientes días me topé además con una compañera con la que tenía que trabajar pero que se negaba a hablar castellano. Ni decir que no le entendía nada y así ¡era bastante difícil trabajar juntas! Todo esto puede irritar y sin embargo…

¿Porqué no había aprendido por lo menos un mínimo de catalán antes de llegar? Si hubiese ido a una universidad en Francia, por ejemplo, no se me hubiera ocurrido llegar sin hablar nada de francés. Resulta que me habían dicho en la misma universidad que no necesitaría el catalán… error por parte del profesor. Son el tipo de cosas que suceden aquí, dada la peculiar situación de la lengua local. Fui entendiendo que las personas que se niegan a hablar en castellano, y son pocas, son activistas en defensa de su lengua, quieren evitar que se margine, esta lengua que en época de Franco estaba prohibida como lengua oficial. Comprensible, aunque a veces deje una sensación de forzar las cosas, un sabor agridulce.

Un incidente, sucedido a una amiga, me iluminó más la situación. Según me contó, su compañera de vivienda, catalana, llegó un día furiosa a casa pues al parecer no era posible acudir a una clase de yoga en su propia lengua, pues la profesora se pasaba al castellano tan pronto como hubiera alguien que no entendiera catalán. Y, concluyó: yo hablo el castellano mal, no es mi lengua, ¡no es justo que tenga que comunicarme en ella en mi propia ciudad! … Así, fui entendiendo la complejidad de lo que sucedía. Y me puse a aprender catalán, claro está.

Un episodio que causó indignación hace unos años: Un taxista en Madrid hizo bajar a una pasajera porque estaba hablando en catalán por su móvil… Y sí, hay cierto anti-catalanismo en el resto de España, se siente. ¿Que tanto hay, y en que círculos? Tal vez unos círculos demasiado visibles en los últimos años dados los gobernantes de turno. Pero esto lleva a uno de los argumentos pro independencia que puede ser mas convincentes: “Si en mi casa no me quieren, lo mejor es irme…”.

Una curiosidad acerca del idioma: Me enteré en un momento, con sorpresa, de que hace años, no era bien visto entre la burguesía hablar el catalán. ¡Este no tenía estatus social! Tal vez no sorprende desde afuera, pues debe ser el sino de todos los idiomas de pueblos conquistados. Pero desde como se vive hoy el idioma catalán, sí resulta extraño pensar que hubiera tenido un problema de estatus.

El idioma atacado una y otra vez de diferentes maneras es un tema básico en la indignación catalana que ha dado paso al independentismo. Independentismo que no logró, como vimos en las elecciones parlamentarias del último domingo 27, sobrepasar el 50% de los votos, pero que se ha vuelto omnipresente en el día a día en Cataluña.

Muy ligado al idioma, uno de los argumentos más fuertes para la independencia es el identitario: “Somos una nación”: la nación catalana que no ha sido reconocida por parte del estado Español. Un argumento de identidad reivindicativa que me produce sentimientos encontrados. El concepto en sí depende de su definición, una nación es una “comunidad imaginaria” como dijo B. Anderson. No hay una “verdad” que se pueda encontrar al preguntar si una comunidad es una nación o no. Mas bien, ser “nación” ofrece un espejismo de solidez y puede servir muy bien para manipular. Si es el nacionalismo español el que ha maltratado a los catalanes, ¿podemos defender al nacionalismo catalán? Por otro lado: ¿Se puede negar la justificación de movimientos reivindicativos que reifican identidades aporreadas para emanciparse? Tipo “black power”…

Dijo Paul Gilroy, el pensador afro-inglés, en una conferencia en Barcelona (2014), que no hay un nacionalismo, aunque sea reivindicativo, que esté libre de los aspectos problemáticos de este fenómeno. El nacionalismo siempre, por definición, produce un “nosotros” y un “otros”, con lo cual es de por si excluyente. Y además quiere homogeneizar hacia adentro, lo sufre Cataluña en carne propia desde hace siglos: la peligrosa fantasía de nación con una sola lengua, una religión, etc. Puede que hoy en España los que defienden estas ideas sean una pequeña minoría pero me alcanza a sorprender su misma existencia, cuando se visibiliza. La cabeza del Estado Español, perdida en estas fantasías nacionales y con su modo intransigente, ha sido, irónicamente, el mejor aliado que ha tenido Cataluña para convencer a una buena parte de la población de que la independencia es la salida para poder respirar. Apuntado esto, hay que decir que hasta ahora no se sienten en Cataluña trazas de un nacionalismo excluyente y homogeneizador, por lo menos más allá de la xenofobia ya normalizada en Europa en general. Más bien lo contrario, aquí se respira, como extranjero del sur, un mejor aire que en otros países europeos.

Mi entusiasmo por estar viviendo momentos históricos de emancipación (las portentosas marchas han sido impresionantes) tiene entonces sus límites. El argumento más complicado para mí es uno que despliega una falta de solidaridad sin tapujos. En un autobús oí una conversación: “Es que no hay derecho, estarles pagando para que estén por ahí echados haciendo nada…”, refiriéndose al sur de España: la típica crítica hacia el estado de bienestar por parte de la derecha. Se olvida aquí que Cataluña ha recibido aportes sustanciales de la UE bajo el mismo criterio de distribución. Hay una versión más suave de este argumento que defiende que aún con criterios de distribución justos hacia las comunidades que menos tienen, a Cataluña se le saca más de lo debido. Igualmente el argumento en sí es feo: independencia para encerrarse en una isla de bienestar (pues aunque estemos en crisis estamos en una isla de bienestar).

Un argumento que sería para mí de los más convincentes, se lo he oído a la monja Teresa Forcades, es que los países pequeños funcionan mejor, más democráticamente. La religiosa, y un sector de la izquierda (la CUP), defiende la independencia como modo de implementar cambios profundos en la sociedad. Pero: estos cambios profundos ¿no se podrían hacer igualmente desde España pero con otros gobernantes? Esto en el caso de que fuera posible que un estado supuestamente soberano pueda emprender cambios profundos, asunto que después de lo ocurrido en Grecia parece dudoso.

En general me quedo con un sentimiento ambiguo. Por un lado comparto la emoción que se vive en Cataluña. Se comprende la indignación por los abusos que se han sufrido. Por el otro lado veo que los problemas profundos, esos que discutían los “indignados” en las sentadas en la plazas, ya han pasado a segundo término, y que el gobierno actual catalán, en parte responsable de tanto abuso y desmantelamiento social, se perfila como heroico … ahí algo no huele bien. Como dijimos antes, el nacionalismo exaltado bien puede servir para manipular. Pero esto es otro tema.

Por último, y para confundir(me) mas, hace poco asistí a un mitin en el que se encontraban todos los “alcaldes del cambio” de España. Estaban, entre otros Colau y Carmena, las alcaldesas de Barcelona y Madrid respectivamente, llegadas al poder después del movimiento de los indignados del 2011 y portadoras de esperanza para muchos. Al salir Carmena a hablar retumbaron los aplausos. Los presentes sentimos en esos momentos a Madrid y Barcelona como ciudades hermanas, aspirando a hacer las cosas de otra manera. Fue emocionante, esperanzador, y muy lejano a aquel profundo abismo que se visibiliza en otras ocasiones entre las dos ciudades.

(Publicado en Vanguardia Liberal, en la sección 7 días, el domingo 4 de octubre, 2015)

Identidad Nacional, Diversidad y Subdesarrollo.

Por Gisela Ruiseco Galvis, artículo publicado en Vanguardia Liberal, Vanguardia & Cultura, 6.8.05. pp. 6-7

En esta época del año, en la que conmemoramos y celebramos los comienzos de nuestra república, podemos reflexionar también acerca de nuestra identidad como colombianos. Al referirse a la identidad nacional lo primero que viene a la mente es una enumeración de lo que consideramos que conforma la “colombianidad”: desde la historia hasta el paisaje, pasando por todo tipo de expresiones culturales como la música, la literatura, la comida, etc. Aquí, sin embargo, quiero hablar sobre la identidad nacional desde un punto de vista que va más allá de estas descripciones, y analizar algunos aspectos históricos y psico-culturales del proceso implicado en el desarrollo de la identidad nacional en Colombia.

La Identidad Nacional Colombiana y su Historia

En nuestros tiempos, la identidad nacional puede ser vista como la forma más importante de identidad colectiva, ejerciendo gran influencia sobre lo que hacemos y como nos vemos. La identidad nacional, como cualquier otro tipo de identidad, es “construida” (en este caso colectivamente) formando una imagen de unidad y uniformidad interna que se diferencia de lo que se considera externo. Históricamente, en Latinoamérica resultó difícil crear un concepto que sirviera de base para la formación de las naciones, unidades idealmente homogéneas, dada la heterogeneidad de la población. Las siguientes palabras de Bolivar en su Carta de Jamaica (1815) expresan el trance en que se encontraban los criollos:

Toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada. … nosotros, que no somos indios, ni europeos, sino una especie mezcla entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles;… nos (hallamos) en el caso más extraordinario y complicado.

No fue posible “imaginarse”1, como ocurrió en Europa, a las nuevas naciones como comunidades de sangre o como unidades culturales. Sin embargo, los criollos, quienes estaban inspirados en las ideas de la Ilustración, encontraron en éstas la base para concebir a las nuevas naciones. La existente variedad étnica fue asimilada en la unidad política que implicaba el termino “ciudadano”. Las nacientes naciones americanas se definieron en un principio como resultando de la libre voluntad de los individuos soberanos que las conformaban.

Los estados-naciones son un fenómeno histórico de la modernidad europea, enmarcado en la idiosincracia de este continente. El concepto fue importado por los criollos: las revoluciones de independencia en Latinoamérica, como Octavio Paz señala2, adoptaron doctrinas ajenas pero sin ajustarlas al contexto local. Esto resultó problemático pues las ideas de la Ilustración incluían una faceta que entorpecería el proceso en que los recién nombrados ciudadanos de éstas tierras pudieran llegar a ser verdaderamente soberanos. Adentro del universo cultural de la Ilustración, la historia universal se imaginaba en términos lineales y evolucionarios, y se localizaba a las diferentes culturas en una escala que iba desde el barbarismo hasta la civilización. Los criollos, inmersos en estas ideas, tenían la profunda convicción de que la civilización emanaba de Europa y de que ellos tenían el deber histórico de imponer esta civilización en el nuevo mundo3, sin tener en cuenta la variada composición cultural y étnica de los nuevos ciudadanos ni su opinión sobre la imposición cultural de la que eran objeto. Las orientaciones culturales no europeas tendrían que “superarse” en el futuro, o como Homi Bhabha dice, el imperativo era volverse blanco o desaparecer4.

A finales del siglo XIX, la élite política colombiana, en búsqueda de una visión homogénea de la nación que ya no fuera solo de carácter político, concretó una alegada esencia nacional: la idea de “una sola lengua, una sola raza, un solo Dios” quedó plasmada en la constitución de 1886. La religión y el lenguaje y la raza, según esta concepción, tendrían que ser reconocidos como los principios ontológicos de la nación. La imposición de semejante concepto (que refleja la negación de la población real del país), a un contexto real de diversidad, conduce inevitablemente a contradicciones, a un divorcio entre el ideal y la realidad. Es un atropello definir a Colombia como una nación fundamentada solamente en su herencia hispánica. Sin embargo esta idea impregnó a los colombianos y ejerció su influencia por lo menos hasta los tiempos del Frente Nacional. En este aspecto Colombia se diferenció, en el siglo XX, de otros países latinoamericanos, como México, que valoraban, aunque fuera solo en teoría, sus raíces indígenas.

Esta negación de la variedad cultural llevó a que se mirara con desprecio a los segmentos de la población que no cuadraban con la visión euro-centrista del pais. Las siguientes palabras son originales de José María Samper en el año de 1868, aquí se refiere a una escena en el río Magdalena:

Allá (en la balsa) el hombre primitivo, tosco, brutal, indolente, semisalvaje y retostado por el sol tropical, es decir, el boga colombiano con toda su insolencia, con su fanatismo estúpido, su cobarde petulancia, su indolencia increíble y su cinismo del lenguaje […]; y más aca (en el buque de vapor) el europeo, activo, inteligente, blanco y elegante, muchas veces rubio, con su mirada penetrante y poética, su lenguaje vibrante y rápido, su elevación de espiritu […]5.

Estas palabras tienen casi un siglo y medio, y expresan como un miembro de la élite política colombiana organizaba e interpretaba su mundo: con la ayuda de una dicotomía construida entre civilización y barabarie. Nosotros somos los herederos de éstas nociones, tanto de la clase que, con una increíble arrogancia, se consideraba la mediadora de la civilización, como también de los “primitivos”, que tenían que vivir dentro de conceptos culturales que los definían de ésta manera. ¿Que hemos hecho con esa herencia? Hoy en día no es raro oír comentarios que creen ser positivos al expresar que “ya no somos unos indios”. Esta frase quiere enunciar progreso, pero solo expresa racismo. Y, peor aún, formula una negación de lo que somos, o sea mestizos, y una negación de lo que se es no puede llevar sino a una “des-identidad”. ¿Queremos ser, como dice el dicho, europeos o gringos (o mexicanos), cualquier cosa menos lo que somos?

Para analizar la situación de identidad latinoamericana resulta muy adecuada la noción de Michel Foucault acerca de la “producción de la verdad”. Una cultura dominante en un contexto post-colonial, impone su versión de lo que es la verdad (en este caso los conceptos de civilización y barbarie) y esta verdad impuesta tiene el efecto de silenciar otra verdad (en este caso la del “hombre primitivo”). Al definir a un grupo de seres humanos de ésta manera y desde una posición de poder, éstos tienen pocas posibilidades de captar, hasta para sí mismos, su propia verdad. La Ilustración y su “producción de la verdad” constituyen el trasfondo para la construcción de las naciones en Latinoamérica.

Asi, a los países latinoamericanos se les define en un principio como “bárbaros” en necesidad de civilizarse. Siguiendo ésta lógica, la idea de modernización se convierte en un elemento clave en las nuevas naciones, y el nacionalismo que se crea se puede ver en parte como una reacción al desafío que significaba el imperativo de modernizar. Esta situación da como resultado uno de los componentes de la identidad en el continente: la imitación.

En contravía a este discurso y empezando en los años 70, los diferentes grupos étnicos logran formar una identidad colectiva, necesaria para luchar por reconocimiento. Demandan, no tanto justicia económica y social, sino el derecho a preservar su identidad cultural. Esta es una premisa que todas las agrupaciones políticas, la izquierda incluida, habían malentendido desde siempre. La Ilustración y todas sus corrientes herederas, desde el liberalismo hasta el comunismo, no brindaban otra forma de entender las diferentes culturas, como no fuera la de definirlas como bárbaras.

La demanda por reformas en Colombia culmina en la Constitución de 1991. La diversidad cultural y étnica es por primera vez oficialmente reconocida. Marco Palacios6 opina que esta constitución se puede considerar como un verdadero avance democrático representando un antídoto al ideal etnocéntrico de una nación blanca, por lo menos en teoría.

El Subdesarrollo

La doctrina del desarrollo7, que vivimos hoy, surge en las décadas del 50 y 60 del siglo XX y replica el mismo patrón ideológico de “civilización y barbarie”. Ahora ya no nos definimos como salvajes, sino que nos llamamos “subdesarrollados” o tercer mundistas. Si trasladamos este término a nivel individual, ¿que diríamos de una persona que se califique a si misma como subdesarrollada y que en muchos aspectos de su vida se compare con alguien que todo lo sabe mejor? ¡Diríamos que esta persona tiene serios problemas de autoestima y de identidad! Definirse a sí mismo siempre en referencia a una entidad exterior, conlleva el peligro de volver el ideal inalcanzable, porque nadie puede ser lo que no es. La imitación, aunque logre alcanzar la perfección, siempre será una imitación. El concepto del subdesarrollo se ha convertido en una parte natural de nuestra identidad. ¿Que consecuencias puede tener éste fenómeno cultural, fruto del colonialismo?

Nuestro aparente estado de subdesarrollo fomenta formas de subjetividad a través de las cuales las personas se reconocen a si mismas como subdesarrolladas. La psicóloga venezolana Maritza Montero8 describe una identidad “altercentrista”, que está basada en la preferencia, o la dominación en referencia a una entidad social exterior (un colectivo o un estado). Esta entidad exterior, especialmente si es un centro de poder, se convierte en la fuente de todo lo que es bueno y correcto. Al mismo tiempo, estas cualidades se niegan a la propia cultura. El resultado es una identidad que permite a los individuos reconocerse como parte de un grupo nacional, pero de una manera negativa. Así, el altercentrismo se puede ver como un fenómeno cultural que resulta de la orientación histórica hacia una autoridad externa al “nosotros” social. Montero en sus investigaciones ha llegado a la conclusión de que fenómenos tales como la corrupción pueden ser en parte fruto de procesos psicológicos que se derivan de la evaluación negativa del grupo nacional.

El altercentrismo puede desembocar en dos tipos de comportamientos, ambos extremos: 1) En la imitación de la cultura que sirve de modelo o 2) En la negación de la supuesta superioridad de la “fuente de civilización” y, en cambio, la exaltación de las virtudes autóctonas. Esta segunda posibilidad puede conducir al fundamentalismo, como ha sucedido, por ejemplo, en segmentos de la sociedad musulmana post-colonial. Ambas reacciones mantienen a la cultura occidental como el punto central para definirse a si mismas.

El vivir con una identidad altercentrista no excluye entonces al nacionalismo. Por lo contrario, en un país como Colombia, donde la idea del subdesarrollo hace parte de nuestra identidad (semi-conscientemente), hay una parte de nosotros que en compensación sale a defender nuestra identidad aporreada, llevando banderitas como pulseras en el brazo, o llorando de emoción cuando nos va bien en un partido de fútbol.

Hay que señalar que, como estará ponderando algún lector, es muy difícil pensar sobre las manifestaciones de lo que llamamos “subdesarrollo” (por ejemplo pobreza, analfabetismo, o atraso) en términos distintos a los que están enraizados en la dicotomía barbarismo/civilización. Estamos inmersos en esta forma de interpretar el mundo y es difícil salirse de estos esquemas. Difícil pero no imposible. Dichos esquemas no son más que componentes de lo que en psicología social se llama un “repertorio de interpretaciones”9. En este caso se trata de un repertorio que es relativamente nuevo pues tiene sus orígenes (aunque sus raices lleguen mucho mas atrás) en los años después de la segunda guerra mundial, como señala Arturo Escobar. Él decribe el proceso en el cual los conceptos que fijaban a la pobreza como la principal característica del „tercer mundo“y además definían al crecimiento económico como solución, se volvieron verdades universales y evidentes.

Hay numerosos autores que han estado reflexionando desde diferentes disciplinas y puntos geográficos sobre las formas en que se pueden cambiar las interpretaciones culturales que atañen al subdesarrollo. Walter Mignolo10, por ejemplo, nos señala la importancia que tienen los “saberes locales” que han estado surgiendo alrededor del mundo que contrarrestan los diseños universalistas actuales permitiendo el acceso a verdades propias sin caer en fundamentalismos. Arturo Escobar deduce que son las prácticas que resultan de la doctrina del desarrollo en sí, las culpables de fenómenos tales como el hambre y la miseria, factores que llamamos en conjunto “subdesarrollo”. Se podría, en suma, hablar de los damnificados de las realciones de poder durante la colonización y también de la globalización en vez de hablar de subdesarrollados.

La ideología del desarrollo interpreta a las culturas no europeas como fases intermedias que hay que dejar atrás, para alcanzar el anhelado desarrollo. Se pretende reducir el patrimonio cultural humano a las fórmulas universalistas que nacieron en Europa. Hablar de desarrollo de acuerdo con estas fórmulas es un sin sentido, pues el desarrollo solo puede considerarse dentro de parámetros culturales concretos, (el concepto de desarrollo para un hindú es algo muy diferente al de un polinesio). Desarrollarse con un modelo universal como meta implica que las personas tienen que dejar de ser los que son, o sea cambiar su cultura, para adoptar otra que se considera implícitamente mejor. Estas son ideas etnocentristas, que están hoy totalmente revaluadas.

No estamos condenados a perpetuar un modelo que procede de afuera. Solo será así, si no tomamos conciencia de nuestra identidad. Existe la posibilidad, sin embargo, de integrar satisfactoriamente nuestra herencia multi-cultural, aceptándonos como un país de mestizos, con una riqueza cultural extraordinaria, y al mismo tiempo reconocer nuestra historia de colonialismo y de racismo, que ha marcado profundamente la visión de lo que somos. Pues en realidad no somos solo hispanos, somos, en parte por lo menos, “unos indios”, y también unos afro-colombianos. En Colombia se ha reconocido ya el derecho de existir a “otras” culturas. “Ser colombianos” implica el reconocimiento de nuestra realidad multi-cultural, que no puede ser definida como subdesarrollo. El reconocer lo que se es puede dar la fuerza que nos permita buscar un camino propio para resolver las dificultades que afrontamos.

1 Anderson, Benedict (1983/1991). Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. London: Verso.

2 en Tiempo Nublado (1986)

3 Martínez, F. (2001). El nacionalismo Cosmopolita. La influencia europea en la construcción nacional en Colombia 1845-1900. Bogotá: Banco de la República.

4 Bhabha, Homi. (1994). The Location of Culture. London: Routledge.

5 en Wills Obregón, M.E. (2002). De la nación católica a la nación multicultural: rupturas y desafíos. In: Sánchez Gómez, Gonzalo & Wills Obregón, María Emma (Eds.). Museo, Memoria y Nación. Memorias del Simposio Internacional y IV Cátedra Anuual de Historia “Ernesto Restrepo Tirado”. Bogotá: Ministerio de Cultura., p. 393

6 Palacios, M. (2002). La clase más ruidosa y otros ensayos sobre política e historia. Bogotá: Norma.

7 Ver Escobar, Arturo. (1995). Encountering Development. The Making and Unmaking of the Third World. Princeton: Princeton University Press

8 Montero, M. (1984). Ideología, alenación e identidad nacional: una aproximación psicosocial al ser venezolano. Caracas: Universidad Central de Venezuela.

9 Gilbert & Mulkay 1984

10 en su obra Local Histories/ Global Designs (2000)

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