Alle im selben Boot

Liebe Leute, Familie und Bekannten,1

Im letzten Jahr bin ich nicht nach Österreich gekommen, obwohl es mein Zuhause ist, es ist der Ort wo ich meine ganze Jugend verbracht habe, der Ort wo ich mich wie Fisch im Wasser bewege. Und es ist der Ort wo ich eine Familie habe, meine österreichische Familie.
Vor 20, 30 Jahre, viele von den Parolen die man heute gegen Ausländer hört wären absolut verpönt und undenkbar gewesen. Heute hört man die auf der Straße und sogar von bekannten. Die Selbstverständlichkeit mit der ich mich in Österreich bewege, als Bürger der Welt, dieselbe Selbstverständlichkeit mit der Österreicher rund um den Globus reisen, ohne sich zu fragen, ob sie das Recht dazu haben, diese kommt ins Wanken für mich. Dieselbe Selbstverständlichkeit die die Österreicher jüdischer Abstammung verloren haben in den dreißiger Jahren vorigen Jahrhunderts, einfach in das eigene Land zu leben.
Am besten sagt es Christine Nöstlinger:
“Heutiger Rassismus lehnt schlicht ‚alles Fremde‘ ab, sieht das eigene Volk durch ‚Überfremdung‘ in Gefahr, wittert sogar ‚Bevorzugung der Ausländer‘ und meint – alles in allem: ‚Die wollen von uns leben, die wollen uns etwas wegnehmen!‘
Wer so denkt und unter Gleichgesinnten auch so redet, schmiert noch lange keine rassistischen Parolen, wirft keine jüdischen Grabsteine um, beschimpft keine Frauen, die Kopftuch tragen, verprügelt keinen Schwarzen und zündet kein Asylantenheim an. Aber den Menschen, die es tun, geben sie die Sicherheit, auch in ihrem Interesse zu agieren. Sie sind der Nährboden, aus dem Gewalt wächst.”

Die rechts Partei die heute viele wählen wollen, ihre Parolen, war und ist der Grund warum viele Ideen die verpönt waren heute akzeptiert werden. Diese Partei ist der Nährboden für Gewalt. Wer diese Partei wählt, wer Ihre aussagen akzeptiert, sticht seine aus dem Ausland stammende Freunde oder Familienangehörige in dem Rücken. Die Aussagen dieser Partei fühlen sich so an, wie körperliche Verletzungen.
Es werden viele sagen: “es bist eh nicht du gemeint” … Aber nein. Die Hassparolen der Rechtspartei sind wie Samen die eingepflanzt worden sind und schon längst wuchern und ihre eigene Logik verstärken. Es wuchert die Idee dass ein Land sich so einsperren kann, um ihre Probleme zu lösen, das die Welt nicht eins ist und als ganzes meine Heimat; dass es in Ordnung ist gegen ganzen Menschengruppen zu beurteilen und die Individuen und Ihre Menschlichkeit zu ignorieren. Und vor allem, die Wucherung sperrt die Sicht vor dem was wirklich los ist: Wie sind ALLE auf einem kleinen Planet den wir ganz schnell in den Abgrund führen. Die Rechtsparteien wollen ihren Eckchen im vielleicht noch nicht ganz sinkenden Boot durch Zäune sperren… wäre es vielleicht nicht besser das Boot anders zu führen?
Wäre es nicht besser die richtige Grunde der fallenden Lebensqualität, ich nehme an in Österreich fällt sie auch, auch wenn es noch sehr privilegiert ist, zu bekämpfen? Das Weltwirtschaftssystem die eine absurd wachsende Ungleichheit gegenüber den Ländern im Süden aber auch innerhalb der Länder im Norden verursacht. Unserer Umwelt: wenn man über die Fortschritte der Erderwärmung oder der Verlust an Biodiversität liest, die Zerstörung so viel Lebendiges, da kann man nur schockiert und zu tiefst traurig sein. Die riesige Konzerne mit eine ungeheuerliche Macht und eine Logik die komplett verkehrte Prioritäten setzt: nur Gewinne für Aktionäre, auch wenn sie die Welt und die Menschen rundherum zerstören. Kriege werden verursacht die dazu führen, dass Menschen lieber alles verlieren und ihr Leben riskieren als im eigenen Land zu bleiben.
Aber statt dem allem zu bekämpfen, denken manche dass es besser ist sich in das kleine Land einzusperren , und auf die ohnmächtigste Opfer des Systems loszugehen. Ja es ist viel einfacher, stimmt, auf die Schwachen die alles verloren haben loszugehen. Und es gibt den Anschein den eigenen Wohlstand zu schützen. Aber in Wirklichkeit, sehr Zielführend ist es nicht, wir sind nämlich alle im selben Boot.

1Ich lasse mein Deutsch so we es ist, mit Fehler, dieses Deutsch zeugt von meiner Geschichte, auch der Geschichte anderen menschen die in viele Orte gelebt haben, und die dadurch ihr eigenes Leben aber auch das leben der Menschen in den Orten wo sie ankommen bereichern. Die Welt is Bunt und Reich, es gibt viele Arten Mensch zu sein, nur wir können davon Zeugen sein! Ich hoffe die Verständlichkeit leidet nicht darunter…

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Sobre loquitos ecológicos y cosas sin importancia

Septiembre, 2013

La actualidad: Desaparición de abejas en el mundo, apropiación de las semillas por parte de un puñado de corporaciones, correlaciones encontradas entre exposición a agro-químicos y diversas enfermedades, presencia alarmantes de mercurio en nuestros organismos, nuevos continentes de plástico, material que además ya entra en nuestra cadena alimentaria, océanos radioactivos… Es nuestra realidad; un panorama que hace unos años, de enunciarse su posibilidad, habría parecido un desvarío propio de loquitos desadaptados, resentidos sociales o similares.

Y efectivamente, los temas que tienen que ver con la defensa de la naturaleza han sido material de “loquitos” y antisistemas. Y si reflexionamos un poco acerca de esto… ¿Como es posible que la defensa de materias tan serias como el envenenamiento de todo lo que es de primera importancia para la supervivencia de nuestra especie como son el agua, el suelo, o nuestros alimentos, se percibiera, y se siga percibiendo, en los círculos “serios” de la economía y la política, como temas secundarios? ¿Que permite esa descalificación? ¿Porqué estos temas no forman parte natural de los círculos “serios”?

Empezamos a entender lo que sucede aquí al darnos cuenta de que no siempre fue así. El proceso de descalificación de ciertos temas tiene sus raíces en una invención propia de la llamada cultura occidental: eso que llamamos “la economía”. Nos señala J.L. Naredo que en los orígenes del capitalismo a lo que apuntaba este concepto era a una actividad enraizada en el mundo físico y no separada de él. Es después de que se abstrae a “la economía” de la sociedad y del mundo físico, y se convierte en un ente separado, autosuficiente,  que nos volvemos ciegos a su enraizamiento en la sociedad y en la naturaleza. Solamente volvemos a ver este enraizamiento, esta dependencia del mundo físico cuando, como ha ocurrido en las últimas décadas, se hace visible que este mundo físico es limitado. Y también con la diversas “primaveras” en diferentes partes del mundo, movimientos de indignados u otros movimientos de base, se hace visible que que la economía aunque funcionara en abstracto siempre también funcionaba adentro de sistemas sociales.

La particular miopía de la cultura occidental (pues todo círculo cultural permite ver unas cosas y otras no), este habernos trasladado con la verdad de “la economía” a su mundo abstracto, hace posible que las personas que señalan estos puntos ciegos, o sea las fallas de la lógica autosuficiente del sistema,  se puedan calificar de “loquitos”. Y es que, en efecto, la verdad en la que vivimos le quita toda posibilidad de relevancia a lo que apuntan.

Y se les dio el permiso a las multinacionales para acaparar la “producción” de la base de la vida, como son las semillas. Y se les dio también permiso a las industrias de la química para producir venenos en cantidades alarmantes.  Y por último, hoy se le permite a los estados el abandono de su única razón de ser: velar por los intereses de los ciudadanos a los que representa. Pues lo importante y serio sigue siendo “la economía”.

Identidad Nacional, Diversidad y Subdesarrollo.

Por Gisela Ruiseco Galvis, artículo publicado en Vanguardia Liberal, Vanguardia & Cultura, 6.8.05. pp. 6-7

En esta época del año, en la que conmemoramos y celebramos los comienzos de nuestra república, podemos reflexionar también acerca de nuestra identidad como colombianos. Al referirse a la identidad nacional lo primero que viene a la mente es una enumeración de lo que consideramos que conforma la “colombianidad”: desde la historia hasta el paisaje, pasando por todo tipo de expresiones culturales como la música, la literatura, la comida, etc. Aquí, sin embargo, quiero hablar sobre la identidad nacional desde un punto de vista que va más allá de estas descripciones, y analizar algunos aspectos históricos y psico-culturales del proceso implicado en el desarrollo de la identidad nacional en Colombia.

La Identidad Nacional Colombiana y su Historia

En nuestros tiempos, la identidad nacional puede ser vista como la forma más importante de identidad colectiva, ejerciendo gran influencia sobre lo que hacemos y como nos vemos. La identidad nacional, como cualquier otro tipo de identidad, es “construida” (en este caso colectivamente) formando una imagen de unidad y uniformidad interna que se diferencia de lo que se considera externo. Históricamente, en Latinoamérica resultó difícil crear un concepto que sirviera de base para la formación de las naciones, unidades idealmente homogéneas, dada la heterogeneidad de la población. Las siguientes palabras de Bolivar en su Carta de Jamaica (1815) expresan el trance en que se encontraban los criollos:

Toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada. … nosotros, que no somos indios, ni europeos, sino una especie mezcla entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles;… nos (hallamos) en el caso más extraordinario y complicado.

No fue posible “imaginarse”1, como ocurrió en Europa, a las nuevas naciones como comunidades de sangre o como unidades culturales. Sin embargo, los criollos, quienes estaban inspirados en las ideas de la Ilustración, encontraron en éstas la base para concebir a las nuevas naciones. La existente variedad étnica fue asimilada en la unidad política que implicaba el termino “ciudadano”. Las nacientes naciones americanas se definieron en un principio como resultando de la libre voluntad de los individuos soberanos que las conformaban.

Los estados-naciones son un fenómeno histórico de la modernidad europea, enmarcado en la idiosincracia de este continente. El concepto fue importado por los criollos: las revoluciones de independencia en Latinoamérica, como Octavio Paz señala2, adoptaron doctrinas ajenas pero sin ajustarlas al contexto local. Esto resultó problemático pues las ideas de la Ilustración incluían una faceta que entorpecería el proceso en que los recién nombrados ciudadanos de éstas tierras pudieran llegar a ser verdaderamente soberanos. Adentro del universo cultural de la Ilustración, la historia universal se imaginaba en términos lineales y evolucionarios, y se localizaba a las diferentes culturas en una escala que iba desde el barbarismo hasta la civilización. Los criollos, inmersos en estas ideas, tenían la profunda convicción de que la civilización emanaba de Europa y de que ellos tenían el deber histórico de imponer esta civilización en el nuevo mundo3, sin tener en cuenta la variada composición cultural y étnica de los nuevos ciudadanos ni su opinión sobre la imposición cultural de la que eran objeto. Las orientaciones culturales no europeas tendrían que “superarse” en el futuro, o como Homi Bhabha dice, el imperativo era volverse blanco o desaparecer4.

A finales del siglo XIX, la élite política colombiana, en búsqueda de una visión homogénea de la nación que ya no fuera solo de carácter político, concretó una alegada esencia nacional: la idea de “una sola lengua, una sola raza, un solo Dios” quedó plasmada en la constitución de 1886. La religión y el lenguaje y la raza, según esta concepción, tendrían que ser reconocidos como los principios ontológicos de la nación. La imposición de semejante concepto (que refleja la negación de la población real del país), a un contexto real de diversidad, conduce inevitablemente a contradicciones, a un divorcio entre el ideal y la realidad. Es un atropello definir a Colombia como una nación fundamentada solamente en su herencia hispánica. Sin embargo esta idea impregnó a los colombianos y ejerció su influencia por lo menos hasta los tiempos del Frente Nacional. En este aspecto Colombia se diferenció, en el siglo XX, de otros países latinoamericanos, como México, que valoraban, aunque fuera solo en teoría, sus raíces indígenas.

Esta negación de la variedad cultural llevó a que se mirara con desprecio a los segmentos de la población que no cuadraban con la visión euro-centrista del pais. Las siguientes palabras son originales de José María Samper en el año de 1868, aquí se refiere a una escena en el río Magdalena:

Allá (en la balsa) el hombre primitivo, tosco, brutal, indolente, semisalvaje y retostado por el sol tropical, es decir, el boga colombiano con toda su insolencia, con su fanatismo estúpido, su cobarde petulancia, su indolencia increíble y su cinismo del lenguaje […]; y más aca (en el buque de vapor) el europeo, activo, inteligente, blanco y elegante, muchas veces rubio, con su mirada penetrante y poética, su lenguaje vibrante y rápido, su elevación de espiritu […]5.

Estas palabras tienen casi un siglo y medio, y expresan como un miembro de la élite política colombiana organizaba e interpretaba su mundo: con la ayuda de una dicotomía construida entre civilización y barabarie. Nosotros somos los herederos de éstas nociones, tanto de la clase que, con una increíble arrogancia, se consideraba la mediadora de la civilización, como también de los “primitivos”, que tenían que vivir dentro de conceptos culturales que los definían de ésta manera. ¿Que hemos hecho con esa herencia? Hoy en día no es raro oír comentarios que creen ser positivos al expresar que “ya no somos unos indios”. Esta frase quiere enunciar progreso, pero solo expresa racismo. Y, peor aún, formula una negación de lo que somos, o sea mestizos, y una negación de lo que se es no puede llevar sino a una “des-identidad”. ¿Queremos ser, como dice el dicho, europeos o gringos (o mexicanos), cualquier cosa menos lo que somos?

Para analizar la situación de identidad latinoamericana resulta muy adecuada la noción de Michel Foucault acerca de la “producción de la verdad”. Una cultura dominante en un contexto post-colonial, impone su versión de lo que es la verdad (en este caso los conceptos de civilización y barbarie) y esta verdad impuesta tiene el efecto de silenciar otra verdad (en este caso la del “hombre primitivo”). Al definir a un grupo de seres humanos de ésta manera y desde una posición de poder, éstos tienen pocas posibilidades de captar, hasta para sí mismos, su propia verdad. La Ilustración y su “producción de la verdad” constituyen el trasfondo para la construcción de las naciones en Latinoamérica.

Asi, a los países latinoamericanos se les define en un principio como “bárbaros” en necesidad de civilizarse. Siguiendo ésta lógica, la idea de modernización se convierte en un elemento clave en las nuevas naciones, y el nacionalismo que se crea se puede ver en parte como una reacción al desafío que significaba el imperativo de modernizar. Esta situación da como resultado uno de los componentes de la identidad en el continente: la imitación.

En contravía a este discurso y empezando en los años 70, los diferentes grupos étnicos logran formar una identidad colectiva, necesaria para luchar por reconocimiento. Demandan, no tanto justicia económica y social, sino el derecho a preservar su identidad cultural. Esta es una premisa que todas las agrupaciones políticas, la izquierda incluida, habían malentendido desde siempre. La Ilustración y todas sus corrientes herederas, desde el liberalismo hasta el comunismo, no brindaban otra forma de entender las diferentes culturas, como no fuera la de definirlas como bárbaras.

La demanda por reformas en Colombia culmina en la Constitución de 1991. La diversidad cultural y étnica es por primera vez oficialmente reconocida. Marco Palacios6 opina que esta constitución se puede considerar como un verdadero avance democrático representando un antídoto al ideal etnocéntrico de una nación blanca, por lo menos en teoría.

El Subdesarrollo

La doctrina del desarrollo7, que vivimos hoy, surge en las décadas del 50 y 60 del siglo XX y replica el mismo patrón ideológico de “civilización y barbarie”. Ahora ya no nos definimos como salvajes, sino que nos llamamos “subdesarrollados” o tercer mundistas. Si trasladamos este término a nivel individual, ¿que diríamos de una persona que se califique a si misma como subdesarrollada y que en muchos aspectos de su vida se compare con alguien que todo lo sabe mejor? ¡Diríamos que esta persona tiene serios problemas de autoestima y de identidad! Definirse a sí mismo siempre en referencia a una entidad exterior, conlleva el peligro de volver el ideal inalcanzable, porque nadie puede ser lo que no es. La imitación, aunque logre alcanzar la perfección, siempre será una imitación. El concepto del subdesarrollo se ha convertido en una parte natural de nuestra identidad. ¿Que consecuencias puede tener éste fenómeno cultural, fruto del colonialismo?

Nuestro aparente estado de subdesarrollo fomenta formas de subjetividad a través de las cuales las personas se reconocen a si mismas como subdesarrolladas. La psicóloga venezolana Maritza Montero8 describe una identidad “altercentrista”, que está basada en la preferencia, o la dominación en referencia a una entidad social exterior (un colectivo o un estado). Esta entidad exterior, especialmente si es un centro de poder, se convierte en la fuente de todo lo que es bueno y correcto. Al mismo tiempo, estas cualidades se niegan a la propia cultura. El resultado es una identidad que permite a los individuos reconocerse como parte de un grupo nacional, pero de una manera negativa. Así, el altercentrismo se puede ver como un fenómeno cultural que resulta de la orientación histórica hacia una autoridad externa al “nosotros” social. Montero en sus investigaciones ha llegado a la conclusión de que fenómenos tales como la corrupción pueden ser en parte fruto de procesos psicológicos que se derivan de la evaluación negativa del grupo nacional.

El altercentrismo puede desembocar en dos tipos de comportamientos, ambos extremos: 1) En la imitación de la cultura que sirve de modelo o 2) En la negación de la supuesta superioridad de la “fuente de civilización” y, en cambio, la exaltación de las virtudes autóctonas. Esta segunda posibilidad puede conducir al fundamentalismo, como ha sucedido, por ejemplo, en segmentos de la sociedad musulmana post-colonial. Ambas reacciones mantienen a la cultura occidental como el punto central para definirse a si mismas.

El vivir con una identidad altercentrista no excluye entonces al nacionalismo. Por lo contrario, en un país como Colombia, donde la idea del subdesarrollo hace parte de nuestra identidad (semi-conscientemente), hay una parte de nosotros que en compensación sale a defender nuestra identidad aporreada, llevando banderitas como pulseras en el brazo, o llorando de emoción cuando nos va bien en un partido de fútbol.

Hay que señalar que, como estará ponderando algún lector, es muy difícil pensar sobre las manifestaciones de lo que llamamos “subdesarrollo” (por ejemplo pobreza, analfabetismo, o atraso) en términos distintos a los que están enraizados en la dicotomía barbarismo/civilización. Estamos inmersos en esta forma de interpretar el mundo y es difícil salirse de estos esquemas. Difícil pero no imposible. Dichos esquemas no son más que componentes de lo que en psicología social se llama un “repertorio de interpretaciones”9. En este caso se trata de un repertorio que es relativamente nuevo pues tiene sus orígenes (aunque sus raices lleguen mucho mas atrás) en los años después de la segunda guerra mundial, como señala Arturo Escobar. Él decribe el proceso en el cual los conceptos que fijaban a la pobreza como la principal característica del „tercer mundo“y además definían al crecimiento económico como solución, se volvieron verdades universales y evidentes.

Hay numerosos autores que han estado reflexionando desde diferentes disciplinas y puntos geográficos sobre las formas en que se pueden cambiar las interpretaciones culturales que atañen al subdesarrollo. Walter Mignolo10, por ejemplo, nos señala la importancia que tienen los “saberes locales” que han estado surgiendo alrededor del mundo que contrarrestan los diseños universalistas actuales permitiendo el acceso a verdades propias sin caer en fundamentalismos. Arturo Escobar deduce que son las prácticas que resultan de la doctrina del desarrollo en sí, las culpables de fenómenos tales como el hambre y la miseria, factores que llamamos en conjunto “subdesarrollo”. Se podría, en suma, hablar de los damnificados de las realciones de poder durante la colonización y también de la globalización en vez de hablar de subdesarrollados.

La ideología del desarrollo interpreta a las culturas no europeas como fases intermedias que hay que dejar atrás, para alcanzar el anhelado desarrollo. Se pretende reducir el patrimonio cultural humano a las fórmulas universalistas que nacieron en Europa. Hablar de desarrollo de acuerdo con estas fórmulas es un sin sentido, pues el desarrollo solo puede considerarse dentro de parámetros culturales concretos, (el concepto de desarrollo para un hindú es algo muy diferente al de un polinesio). Desarrollarse con un modelo universal como meta implica que las personas tienen que dejar de ser los que son, o sea cambiar su cultura, para adoptar otra que se considera implícitamente mejor. Estas son ideas etnocentristas, que están hoy totalmente revaluadas.

No estamos condenados a perpetuar un modelo que procede de afuera. Solo será así, si no tomamos conciencia de nuestra identidad. Existe la posibilidad, sin embargo, de integrar satisfactoriamente nuestra herencia multi-cultural, aceptándonos como un país de mestizos, con una riqueza cultural extraordinaria, y al mismo tiempo reconocer nuestra historia de colonialismo y de racismo, que ha marcado profundamente la visión de lo que somos. Pues en realidad no somos solo hispanos, somos, en parte por lo menos, “unos indios”, y también unos afro-colombianos. En Colombia se ha reconocido ya el derecho de existir a “otras” culturas. “Ser colombianos” implica el reconocimiento de nuestra realidad multi-cultural, que no puede ser definida como subdesarrollo. El reconocer lo que se es puede dar la fuerza que nos permita buscar un camino propio para resolver las dificultades que afrontamos.

1 Anderson, Benedict (1983/1991). Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. London: Verso.

2 en Tiempo Nublado (1986)

3 Martínez, F. (2001). El nacionalismo Cosmopolita. La influencia europea en la construcción nacional en Colombia 1845-1900. Bogotá: Banco de la República.

4 Bhabha, Homi. (1994). The Location of Culture. London: Routledge.

5 en Wills Obregón, M.E. (2002). De la nación católica a la nación multicultural: rupturas y desafíos. In: Sánchez Gómez, Gonzalo & Wills Obregón, María Emma (Eds.). Museo, Memoria y Nación. Memorias del Simposio Internacional y IV Cátedra Anuual de Historia “Ernesto Restrepo Tirado”. Bogotá: Ministerio de Cultura., p. 393

6 Palacios, M. (2002). La clase más ruidosa y otros ensayos sobre política e historia. Bogotá: Norma.

7 Ver Escobar, Arturo. (1995). Encountering Development. The Making and Unmaking of the Third World. Princeton: Princeton University Press

8 Montero, M. (1984). Ideología, alenación e identidad nacional: una aproximación psicosocial al ser venezolano. Caracas: Universidad Central de Venezuela.

9 Gilbert & Mulkay 1984

10 en su obra Local Histories/ Global Designs (2000)

Sobre la vigencia del desarrollismo: la necesidad de un giro conceptual

Por Gisela Ruiseco Galvis,  Otoño, 2009

Artículo complento en “Athenea digital”:

Sobre la vigencia del desarrollismo: la necesidad de un giro conceptual.

Resumen:

El mandato del desarrollo lleva una larga historia de críticas y ajustes desde su génesis después de la segunda guerra mundial. A pesar de esto, y como argumentaré aquí, seguimos situados dentro de su imaginario, reproduciendo las clasificaciones y relaciones de poder que le se son propias. En este artículo quiero hacer un llamado para que dejemos de pensar(nos) según las lógicas del “desarrollismo”. Argumentaré que continuar hablando de desarrollo significa continuar reproduciendo la lógica dicotómica de identidades (categorización de la población mundial en desarrollados/ subdesarrollados), significa así mismo continuar bloqueando ‘otras’ modalidades de ser y de saber, e invisibilizando maneras distintas de entender los problemas que aquejan a gran parte de la humanidad. Paso también por último a presentar el concepto andino del ‘Buen Vivir’ como ilustración de posibilidades de imaginar el mundo y sus pobladores fuera del desarrollismo.

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