Complejidad

Vemos hoy como el mundo lentamente y por todas latitudes cae en manos de quienes proclaman mano dura. Quedamos convertidos en buenos y malos y a los malos por lógica hay que suprimirlos, alejarlos, controlarlos. Pareciera necesario sobresimplificar el mundo; tal vez porque nos abruma. Puede ser por un exceso de información que supera nuestra humanidad, por una complejidad que no logramos entender y que se sale de nuestras manos. No entendemos los vaivenes de lo que llaman economía, no vemos de donde viene nuestra comida ni a donde van nuestros desechos, ni nuestra ropa, ni casi nada de lo que llena nuestras necesidades diarias. No vemos el daño que causamos. No vemos la destrucción de la tierra, por lo menos no en la dimensión que se nos narra que está sucediendo. Nuestro conocimiento, nuestras posibilidades de reaccionar no son suficientes, se vuelven puramente cerebrales y agobiantes. Tal vez atadas a los medios sociales.

Y llegan los que nos simplifican el mundo y prometen mejoría rápida (let’s make America great again), los que supuestamente encuentran a culpables claros y sencillamente reconocibles (los inmigrantes) o personajes /agrupaciones claramente malvados (las guerrillas o Maduro) sin que tengamos que entender nada, ni hacer nada que implique mucho esfuerzo… Ni siquiera los muertos, disonantes en la narrativa, nos conmueven a repensar nuestros esquemas. Es que … quien sabe, algo habrán hecho, o a lo mejor son líos de faldas.

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El problema es que la complejidad sigue ahí, y verla, aunque nos agobie, es tal vez la única manera de no caer en soluciones aparentemente fáciles pero a la larga catastróficas –lo que hace Bolsonaro hoy en el Amazonas tal vez no tenga vuelta atrás para el planeta–. Resaltar la complejidad significa hacer contrapeso a los facilismos, a los tantos que están de acuerdo en condenar sin ver matices, sin ver que todo tiene varios lados. Es llevar la contraria. Cuando oigo “el pueblo quiere xxxx”, ya sea en Cataluña, o ahora hablando de Venezuela, se me encienden todas la alarmas discursivas. El pueblo no existe, por lo menos no con una sola voz. ¡Somos diversos! Y tenemos necesidades e intereses diversos.

Cuando el mecanismo nacionalista aglutinador se pone en marcha el que señala la complejidad se vuelve un peligroso disidente. En la realidad maniquea que se ha creado, este personaje solo puede estar del otro lado, del de los malos. Veamos el caso de Venezuela. Se asume que no habrá guerra porque “el pueblo” acoge al nuevo presidente. Se olvida que el chavismo durante mucho años no ha sido dictadura sino que se trataba de gobiernos electos democráticamente. Incluso en la últimas elecciones, se puede cuestionar el que no fueran correctas, como tan unánimemente se asume. Esto no quiere decir que el gobierno de Maduro no haya tomado un rumbo autoritario en muchos sentidos. Pero si quiere decir que seguramente “el pueblo” entero no apoya a Guaido, como argumentan muchos.

De las cosas que mas llaman la atención de los memes que llegan ensalzando a Guaido es la facilidad con que se presenta el cambio de gobierno. Es altamente peligroso dejar de ver la complejidad venezolana, pues al hacerlo, toma forma la idea de que el cambio puede ser rápido e indoloro. Sucede muchas veces al comienzo de la guerras, precisamente al encenderse los fervores patrióticos, la creencia de que ésta será corta (lo dice Stefan Zweig en sus memorias o Chimamanda Adichie acerca de la guerra de Biafra, por ejemplo). Entender y sopesar la complejidad de las situaciones permitiría juzgar una situación con muchas mejores posibilidades de no cometer errores garrafales. Pero a los líderes poíticos que ya se han montado en su corcel guerrero y han resarcido su popularidad, ahora sin resquiebros, esto poco les interesa.

Dibujo de Rubén Caruso

 

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