Cultiva miedo y cosecharás violencia

Publicado en Vanguardia Liberal el 14.7.2018

En muchos países de Europa se ha normalizado un discurso racista y xenófobo que hace años era impensable. Partidos de extrema derecha, por medio de mentiras y tergiversaciones, unen al “pueblo” contra el chivo expiatorio de turno: antes, los judíos, hoy, los extranjeros.

En 2015, con motivo de la conmemoración de la liberación del campo de concentración de Mauthausen, en su discurso, la escritora Christine Nöstlinger reflexionaba:

El racismo de hoy rechaza todo lo extraño, entiende a la propia población como peligrando por una ‘extranjerización’, sospecha que se está prefiriendo a los extranjeros sobre ellos, opina en todo caso que ‘quieren vivir de nosotros, nos quieren quitar algo!’.

Quien así piensa y también así habla con sus afines, puede que no sea el mismo que hace pintadas racistas en las paredes, o que tumba lápidas judías, que insulta a las mujeres que visten velo, da una paliza a una persona negra o le prende fuego a un hogar de asilados. Pero sí es el que les da seguridad a estos de estar actuando en su interés. Estas personas son el caldo de cultivo en el que crece la violencia.

Ese caldo de cultivo que normaliza el miedo/odio está en auge en todo el mundo, trazando una línea que divide a la población entre un nosotros y un ellos. En Colombia también. Llevamos meses, años, sumergidos en discursos que demonizan toda postura crítica.

Hoy nos enfrentamos a una matanza de líderes sociales, que en su mayoría trabajaba en temas cercanos al proceso de paz1. En momentos en que es inminente que el uribismo forme el nuevo gobierno es muy importante recalcar el apoyo a estos líderes y su trabajo, dejar de lado el discurso que sospecha de ellos, pues, siguiendo lo que plantea el potente mensaje de Nöstlinger, los asesinos se pueden sentir validados. Es terrible tener que decirlo, pero es indispensable un rechazo sin matices a estos crímenes.

1 Informe CODHES, CNC

 

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Ideologías invisibles

¿Cómo podríamos pensar un centro ideológico? Puede ser como el lugar en el que a diferentes sectores de la sociedad se les concede una parte de razón. Es básico partir de que en toda sociedad habrá intereses e ideologías distintas y también encontradas.

En el libro del presidente electo Duque se lee: “Se trata de avanzar, de ir hacia adelante, y no de caer en esas falsas dicotomías que polarizan”. En otra ocasión, durante una visita a Washington, dijo: “Les estamos presentando un programa a los colombianos que es básicamente de centro, no queremos a Colombia entre la derecha o la izquierda, debemos dejar atrás esos debates …”. Esa pretensión de Duque de dejar atrás ideologías implica que solo hay una manera de avanzar, y esto, lamentablemente, nos remite a una ideología única, lejos del centro.

Dice Naomi Klein: “El gran triunfo del neoliberalismo ha sido convencernos de que no hay alternativa”. Parece lo natural. Es difícil ver desde una posición de poder (de raza, sexo, estatus…) que hay otras posiciones. Este tema está plasmado en el título de una obra de Simone de Beauvoir: “El segundo sexo”. Se es segundo porque el “primero” es la norma; las reivindicaciones del “segundo” suenan a necedad, debe hacer el doble de ruido para que se le entienda cuál es el problema. Tuvieron y tienen que hacer ruido las mujeres y tantos otros.

Colombia, país herido profundamente, tardará generaciones en sanar. Las urnas han desmentido a sectores acomodados en su burbuja de ideología única: hubo oposición de verdad. La “segunda” Colombia emitió un grito terapéutico.

El “adelante” de Duque, según la ideología que representa, será más de lo que tiene al planeta al borde del abismo. Señor Duque, hay muchas opiniones sobre cómo ir hacia adelante. No es el momento de una unidad que invisibiliza, un “dejemos atrás esos debates”. ¡Es hora de dialogar, de poder defender la variedad de posiciones, de mostrar salud democrática!

Publicado en Vanguardia Liberal, Sábado 30 de junio, 2018

 

Por un país inclusivo

Ha sido difícil aceptar la diversidad –de todo tipo– en nuestra Colombia de raíces coloniales. Históricamente la clase dirigente se ha visto como la que dirige el progreso y, por lo tanto, con el deber y derecho a imponer su visión del mundo (un libro excelente sobre este tema es “El nacionalismo cosmopolita”, de Frédéric Martínez). Tal vez por esta razón parece natural que solamente las élites tradicionales hayan tenido acceso al poder.

Estamos en medio de un proceso electoral donde un candidato de izquierda (no, no es de extrema izquierda) ha logrado llegar vivo a la posibilidad real de ser presidente. Este hecho, en sí, solo puede ser positivo. Podría ser el comienzo de un país inclusivo que en algún momento llegue a aceptar la diversidad de opiniones, de intereses y hasta de cosmovisiones.

En países democráticos es normal que la derecha y la izquierda se alternen en el poder. Precisamente, los países con alto nivel de vida son aquellos donde se les ha dado cabida a demandas de la izquierda como son sólidos derechos laborales (como aquellos que desbarató Uribe en sus mandatos), educación y un sistema de salud asequible a todos, apoyos a los sectores más vulnerables de la sociedad (¡las mujeres!) y un sistema de impuestos que permita al Estado actuar. Hoy en Austria, por ejemplo, los hijos de un presidente de empresa van al mismo colegio que los del barrendero sin que nadie haya sentido necesidad de “irse a Miami”.

Puede ser que a los amigos uribistas les cueste mucho aceptar que la izquierda puede ganar unas elecciones. Es lamentable el pánico en el que están inmersos, gracias a la irresponsabilidad de su cabecilla. Un deseo para estas semanas: que los seguidores de Duque lean y escuchen a Petro para que juzguen su programa directamente y no a través del filtro de la propaganda. No para que cambien de ideas, sino para que voten por convicción y no por miedo.

Publicado en Vanguardia Liberal el 2 de Junio/ 2018

Megaproyectos y barbarie

“Todavía somos unos indios”, frase que se oye en Colombia y que nos dice cosas sobre nuestro imaginario: colonialidad, racismo… la dicotomía creada entre civilización y barbarie. Ese “todavía” indica que nos imaginamos avanzando por un camino con meta visible: la civilización. Aunque a veces se pudiera pensar que vamos más bien en contravía. O como dice el filósofo Cornelius Castoriadis: «Esos países, llamados anteriormente, con una sincera brutalidad “atrasados”, y luego “subdesarrollados”, fueron cortésmente llamados “menos desarrollados” y finalmente “países en vías de desarrollo”, hermoso eufemismo para significar que, de hecho, esos países no se desarrollan». El “desarrollo” es la zanahoria que va adelante del burro.

Los sacerdotes del desarrollo bendicen e imponen megaproyectos como el de Hidroituango mientras la zanahoria promete mejor vida para todos. Allí, en nombre de la fantasmagoría del progreso, con arrogancia, se ignoraron en su momento las múltiples voces disonantes y se les envió el Esmad a los pobladores de la zona, como si no fuera a los ciudadanos a los que se deben el gobierno y sus políticas. Como toda clase dirigente en nuestros países de herencia colonial, también en Antioquia la promesa del progreso, el sueño de un bien mayor, permite el abuso: se considera daño colateral. Abuso ya centenario contra pueblos como el de los nutabes, despojados de todo después de la inundación, despreciados en sus reivindicaciones, derechos y saberes.

Es necesario, sí, cubrir la necesidad de energía de un país cuya economía crece. Pero no así. Ya el mundo se retracta de megaproyectos, cuyo gigantismo tiene demasiadas secuelas medioambientales y sociales. Concretamente, respecto a las hidroeléctricas, nuevas tecnologías de bajo impacto apuntan a energía hidroeléctrica nano y micro.

Algún día, ojalá, dejaremos la barbarie que dicta enviar fuerzas armadas contra la propia población. Cuando a golpes aprendamos que no lo sabemos todo, más bien diremos: ¡qué bueno que todavía somos unos indios! Aprenderemos que somos naturaleza y que destruirla es destruirnos.

Publicado en Vanguardia Liberal 26.5.2018

Tiempos de manipulación

Las Naciones Unidas hace poco declararon que Facebook fue un detonante de la masacre en Myanmar contra los rohinyá. También se ha considerado la responsabilidad del gigante virtual en el ascenso de Trump al poder y en el Brexit. Desde afuera de cada país no se entienden estos procesos. ¿O alguien externo a los EE. UU. puede discernir cómo fue posible que se eligiera a Trump? Es en cada idiosincrasia donde se engrana el mecanismo que exacerba el miedo y el odio para ganar votos.

Nadie cree que lo están manipulando; si fuera claro de ver no tendría efecto. Se encauza el descontento de las personas, reduciendo temas complejos de la sociedad a un blanco y negro: siempre hay un malvado sin fisuras, y un “nosotros” a salvar. Como se analizó respecto a Trump, el lenguaje manipulador equivale al del que habla con niños. La barrera de lo aceptable baja cada vez más, se expresan prejuicios sin tapujos –el nivel de los “memes” que circulan es deprimente–. El incremento del racismo en Europa en los últimos años es un ejemplo lamentable.

Los engaños pueden acabar mostrando el cobre, incluso, la prensa puede dedicarse a desmentirlos, pero esto no anula el efecto. Así sucedió en la campaña del Brexit o en las últimas elecciones en Austria. También, en las campañas uribistas del “no”, ni siquiera hubo que comprobar que se manipulaba emocionalmente: el responsable lo declaró con orgullo de marketing triunfante. Concretamente: Timochenko no será ahora presidente; de la supuestos peligros de la “ideología de género” ya no se habla y Santos no le entregó el país al “castrochavismo”. ¿Hay alguien que se retracte?

Detrás de la incitación al miedo “no queremos ser Venezuela”, hay una ideología retrógrada. Y continuismo, aunque se presenten como oposición.

Publicado el Sábado 19 de Mayo de 2018 en Vanguardia Liberal

http://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/433441-tiempos-de-manipulacion?fb_comment_id=2546108278748059_2546743752017845#f11c5137287a74e

Cortocircuitos cognitivos

Publicado 12.5.2018 en Vanguardia Liberal

En psicología hay conceptos que sirven tanto para manipular al ser humano, como para nombrar fenómenos psicosociales y, con ello, intentar entender nuestro propio comportamiento. Tenemos, por ejemplo, el concepto de atajos cognitivos: cortocircuitos del pensamiento que nos facilitan vivir pero que distorsionan nuestra percepción. Me concierne aquí uno concreto: el considerar el momento histórico en el que estamos como una culminación natural: pareciera que todo proceso tuviera que llevarnos al ahora. Se trata de una distorsión cognitiva que nos lleva a juzgar el presente con indulgencia, a verlo como inevitable. Perdemos de vista que nuestro hoy es el resultado de muchas pequeñas decisiones y eventos que podrían haber tenido otros desenlaces.

Así, percibimos el estado actual de lo que llamamos capitalismo como dado, como único posible hoy. Pero es uno de muchos capitalismos posibles. Puede resultar sorprendente (por estar normalizado) que el capitalismo actual, el llamado neoliberalismo, tiene una historia muy corta: solo unos veinte o treinta años. Dogmas como la desregulación laboral y financiera o la reducción del gasto público, procesos que han permitido una escandalosa concentración de riquezas, e, incluso, dogmas más antiguos como el que dicta la función omnipresente del PIB, o la obligación de que la economía crezca perpetuamente, tienen una historicidad cuestionable en sentido positivo: son procesos que se pueden revisar. Como en efecto está sucediendo ya en muchas instituciones académicas y think tanks.

La distorsión lleva a simplificar la realidad, y a juzgarla erróneamente. Hoy en Colombia muchos perciben “el capitalismo” actual como única alternativa posible ante el “amenazante socialismo”, reducido en otro cortociruito al “socialismo” de Venezuela (no al de Noruega). Muchos votarán con miedo, defendiendo un statu quo que deberíamos, urgentemente, cuestionar, pues estamos en momentos en los que nuestras fuerzas tendrían que estar dirigidas a solucionar los gravísimos problemas medioambientales y sociales –íntimamente unidos– que enfrentamos globalmente, y no a perpetuar la actual estructura económica que es la causa del estado de emergencia del presente.

 

Las soledades de Colombia

Por Gisela Ruiseco Galvis

Publicado en Vanguardia Liberal. Mayo 5/ 2018

En Colombia se ha llegado a un absurdo en el que se confunde el defender la necesidad de reformas múltiples con tener inclinaciones comunistas. Esta confusión puede venir, mas allá del miedo y de la polarización atizados por ciertos políticos, de una particular miopía causada por lo que Bolívar llamó (y García Márquez retomó): “las soledades de Colombia”. La ciudad está fraccionada en estratos insalvables; la ciudad y el campo mal conviven a años luz de distancia psicológica.

Cualquier estudio serio clama por reformas. El Fondo Monetario Internacional reconoce que la alta concentración del ingreso constituye el peor problema de América Latina; y Colombia ocupa el segundo lugar con mayor desigualdad (2014). Enfocándonos en la tenencia de tierras: se trata de un país donde el 25% de los propietarios es el dueño del 95% de la tierra, donde el 64% de los hogares campesinos no tienen acceso a la tierra, y donde la estructura de ésta todavía proviene de la colonia (IGAC). Si además consideramos la re-concentración de tierras sufrida tras décadas de desplazamientos forzados (las soledades permiten ignorar el drama), está claro que una reforma agraria es urgente.

Asusta entonces que algunos candidatos desestimen la grave problemática del campo, como lo hace I. Duque en su programa, reduciéndola a “la informalidad”. El mismo término “informalidad” está siendo cuestionado: la FAO ha reconocido la importancia de la “agricultura familiar” (¡nueva categoría política!) para la seguridad alimentaria, para la generación de empleo y la preservación de las culturas y el medio ambiente (ver Red Nacional de Agricultura Familiar: RENAF). Ya se está trabajando en Colombia la convivencia de este tipo de agricultura, que es la que nos alimenta, con la agroindustria. Una esperanza para comenzar a curar la herida, la deuda, que tenemos con el campo. A un colombiano citadino le puedo doler más un atentado terrorista en París que una masacre en su propio territorio. Que esto pertenezca al pasado, sería hora de acompañar las soledades.

 

Cosas sin importancia

Publicado en Vanguardia Liberal, 28.4.2018

La actualidad: Desaparición de las abejas y posibilidad de una sexta extinción masiva. Apropiación de las semillas por parte de un puñado de corporaciones. Presencia alarmante de mercurio y agro-químicos en nuestros organismos. Nuevos continentes de plástico, material que ya entra en nuestra cadena alimentaria. Cambio climático. Hace unos años enunciar estas posibilidades habría parecido un desvarío propio de loquitos ecológicos.

Pero si reflexionamos un poco… ¿Como es posible que la defensa de materias tan serias como el envenenamiento de todo lo que es de primera importancia para la supervivencia de la vida humana en la Tierra, como son: el agua, el suelo, o nuestros alimentos, se perciba en los círculos “serios” de la economía y la política como temas secundarios? ¿Qué permite esa descalificación?

Este proceso tiene sus raíces en una invención propia de la llamada cultura occidental: “la economía”. Nos señala J.L. Naredo que en los orígenes del capitalismo a lo que apuntaba este concepto era a una actividad enraizada en el mundo físico, no separada de él. Después, se abstrajo “la economía” de la sociedad y del mundo físico, y se convirtió en un ente aparentemente autosuficiente, que nos volvió ciegos a su enraizamiento en la sociedad y en la naturaleza. Volvemos a percibir su dependencia del mundo físico solamente cuando se hace visible que éste es limitado. Y las personas que señalan los puntos ciegos de conceptos culturales, en este caso las fallas de la lógica autosuficiente del sistema, se perciben como “loquitos”.

Así se les dio el permiso a las multinacionales para acaparar la “producción” de la base de la vida, como son las semillas. Se permitió producir venenos en cantidades alarmantes a las industrias de la química. Y hoy, con el beneplácito del sistema, los estados han abandonado su única razón de existir: velar por los intereses de los ciudadanos a los que representa. Pues lo importante y serio sigue siendo “la economía”.

(Versión corta de “Loquitos ecológicos”)im-selben-boot-570x486

Enfrentando las noticias falsas

Por Gisela Ruiseco Galvis

Ya estamos a un siglo de que Freud dejara claro que la racionalidad del ser humano es un barniz cubriendo el abismo del subconsciente. Más recientemente, experimentos neuro-psicológicos (ver por ej. a A. Damasio) han señalado que los centros emocionales son imprescindibles para la toma de decisiones. Una persona con daños en estos centros es incapaz de tomar hasta las decisiones más sencillas.

Sin embargo, somos parte de una civilización, la occidental, que es inseparable de la racionalidad como norte. Por ejemplo: se supone que escogemos racionalmente los productos que compramos y así damos forma a la “mano invisible”, proceso que debería dirigir impecablemente nuestra economía. O confiamos en que en la democracia se escoge al mejor porque podemos sopesar argumentos y elegir racionalmente. Flacos fundamentos… ahora asistimos globalmente al triunfo de aquellos que logran manipular con emociones, no a los que tienen soluciones. Jugar con las emociones y con chivos expiatorios, aunque no es novedad en la política, pareciera haberse institucionalizado.

Como ejemplo, vamos a Austria, la patria de Freud, donde hace poco se ha elegido un gobierno racista después de una campaña basada en cantidades alarmantes de noticias falsas, de producción de miedo y odio. En los EEUU gobierna otro nefasto ejemplo. Y Colombia no se queda al margen, como claramente quedó expuesto en la campaña del “no” que se basó explícitamente en provocar que la gente “votara berraca”. Interesante también como en esta campaña se juntaron el saber de la manipulación comercial, o marketing, y la manipulación política. Freud saluda.

¿Que hacer? Destapar mentiras y apelar al raciocinio pueden no dar resultado. Pero valga como inspiración: en Inglaterra la campaña “Stop funding hate” (“Deja de financiar el odio”), está obligando a empresas a dejar de hacer publicidad en periódicos con comprobada estrategia de noticias falsas y excesos racistas. No podemos apelar a la racionalidad de los votantes, pero ¡si a las billeteras de las corporaciones!

Link: https://stopfundinghate.org.uk/

Publicado en Vanguardia Liberal enero 27, 2018

Orgánico … ¿o criollo?

Publicado el sábado 20 de enero en Vanguardia Liberal

Parece una moda: la comida “orgánica”. Una moda llegada del extranjero y solo accesible a pocos bolsillos. Se trata de productos sin agrotóxicos provenientes de pequeños agricultores y de cercanía. Pero un momento … ¿no recuerdan estas características a las de los alimentos llamados “criollos”? Resulta que en países industrializados, con una agroindustria omnipresente, prácticamente no existe el equivalente a “criollo”. Allí lo orgánico como novedad en su momento necesitaba rotulación acorde. Y estas rotulaciones nos llegan y encajan como pueden en nuestra propia realidad. Desde el extranjero se redefine algo muy parecido a “lo criollo” como algo especial, saludable y hasta chic.

“No creo en eso” o “Cosas raras que se inventan en los países ricos”, dirán algunos. Y sin embargo, la cosa rara que se inventaron los países enriquecidos es la agricultura industrial basada en agroquímicos: alimentos con a veces alarmantes grados de contaminación, con pérdida de nutrientes, que dejan tras de sí una estela de destrucción ambiental en su producción y distribución, amén de la ineficiencia energética de su producción basada en combustibles fósiles (ver por ej. los análisis de Joan M. Alier). Productos como el huevo o el pollo orgánico en cambio, esos se parecen mucho mas a los de toda la vida (al igual que su costo justo). Pero dejamos de creer en lo criollo, para creer en las bellezas perfectas que nos venden en el supermercado, lamentablemente sin etiqueta adicional que indique la cantidad de agroquímicos que llevan adosados.

Imaginamos lo “criollo” como destinado a dejar de existir, junto con el campesinado que lo produce, cuando llegue el improbable momento de ser un país “desarrollado”. Sería hora de entender que este campesinado, lejos de representar atraso, es portador de una reserva de saberes que ya se están teniendo en cuenta en investigaciones agroecológicas (ver por ejemplo Clara I. Nicholls o Victor M. Toledo). Pues efectivamente parece posible inventarnos una agricultura que alimente al mundo sin destrozarlo en el intento.

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Mercado campesino de Acuarela, Los Santos, Santander, Colombia

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