Una aparición

Nenasvestidos

De un lado: Exposición y vulnerabilidad, con alegría e inocencia o ¿podría haber algo de desafío? “Aquí estoy, existo, tal como soy, ¿que vas a hacer conmigo?”

Del otro lado: sorpresa, parece que fueran a alguna parte pero algo insólito las paró: esta aparición. Casi de otro mundo, o en efecto, de otro mundo. Extraño, pero ahora cercano. Muestra, solo con su presencia, lo que no sabemos, una existencia ignorada.

Me causa una infinita ternura esta niña. Algo llega profundo. A ella en su aplomo y dignidad la siento fuerte aunque tan vulnerable… Una extraterrestre que quedará a merced de la mirada, y la supuesta superioridad en ropas de plástico, de las otras, .

En Medellín, Colombia, donde crecí, estudiábamos en el colegio a los indígenas como quien va a un museo, estos pertenecen a este grupo linguistico, los otros al otro, había algún mapa en el que se mostraban las correspondientes zonas, tal vez alguna información sobre sus costumbres. Nunca el presente, nunca la cercanía geográfica, y ni palabra de una historia de sangre, repleta de injusticias. Bueno, si, algunos números sobre la conquista, que no pasaban de ser números. Todavía me sorprende saber que indígenas, habitantes originarios de esas tierras, viven cerca de ciudades como Medellín o Bogotá. Y así, casi se puede entender que los atropellos que sufren no se sientan como propios en las ciudades.

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“Y cuénteme, que sabe de su tierra?…”

La canción de Katie James “Toitico bien empacao” ha causado revuelo. Al principio la imagen y el bambuco pueden resultar un poco incongruentes y uno espera, persistente expectativa, que ella cante con acento. Pero no, Katie es, de alguna manera, colombiana (es interesante este encuentro con nuestros prejuicios). A medida que avanza la canción la reconocemos como cercana y nos va llegando profundo. A mi me conmovió hasta las lágrimas, y leyendo los comentarios me doy cuenta de que el efecto es general. Y tengo que preguntarme por el porqué.

Tal vez reconocemos el dolor del campo de no ser visto. Pues Katie pregunta cosas que solo a ella en su situación de hibridez cultural puede o se le ocurren cuestionar: ¿que sabe de su tierra? Pregunta que por obvia no vemos pues un lastre pesado de siglos no se destapa fácil, se trata de un orangután sentado en la mesa del que cuesta hablar: el desprecio del país urbano hacia el país agrario. Sí, no sabemos de donde viene el azúcar empaquetada del supermercado, mal que compartimos con el resto de la humanidad modernizada (con todas sus secuelas, pero esto es otro tema), pero más grave aún es que despreciamos a los que nos lo proporcionan, también un mal generalizado, pero exacerbado en Colombia como en todo país mal llamado “en desarrollo” al que se le ha hecho creer que todo verdadero saber viene de afuera. Nunca del campo y menos del propio.

Duele ese país que no oiría a un campesino que hiciera esa pregunta que hace Katie. O mas bien, duele ese país en el que a un campesino le costaría hacer esa pregunta, no porque no haga falta, o porque no la sienta, sino porque cuesta darle la vuelta a una cuestión que siempre ha sido al revés: el que se considera que no sabe es el campesino. No sabe de la vida moderna, la única que parece importar. Saber de la tierra no es un saber que aparentemente haga falta en un país que huye a toda carrera, y desde hace siglos, de si mismo. Que quiere ser siempre otra cosa, mas moderna, menos “de la tierra”, más blanco. Un país que lleva decenios de naturalizar en el sentido común urbano a los rotulados como “desplazados”, de verlos como parte del paisaje. Pero Katie, sin el lastre de los siglos que hacen parecer inamovibles las estructuras, sí hace la pregunta, y ésta nos puede llegar hasta el tuétano, porque nos toca una llaga: esa huída de nosotros mismos no puede tener éxito.

También duele la pregunta porque nos recuerda cual es la Colombia que queremos muchos, una Colombia que quisiéramos recuperar. Esas hortalizas de las que habla Katie, ese ritmo, son los mismos elementos que pueblan nuestra infancia y que construyen algo tan elusivo como nuestra “colombianidad”. Una Colombia que se nos desmorona. Nos recuerda la frustración de ver como el tratado de paz se desbarata vilmente y la injusticia que ha sufrido el campo vuelve a quedar ignorada. Duele la impotencia ante el destrozo por parte de un partido político, y para provecho propio, de todo intento de tomar en serio el sufrimiento rural.

Lacejaant

Aparece esta canción al tiempo que se hacen esfuerzos concretos por parte de los medios por visibilizar los problemas del campo colombiano; el desprecio hace ya mucho que rebozó la copa. Tiene secuelas mortales: el abandono de los líderes sociales a su suerte. Pues no es un secreto que los muertos de un club social en Bogotá provocan una indignación que nunca provocan los cientos de muertes de líderes sociales, todos ellos luchando en las injusticias y soledades del la Colombia rural. Se agradece la iniciativa #UnLíderEnMiLugar para darles espacio a líderes sociales, al que se han unido entre otros, varios columnistas de la revista Semana. Por ejemplo, la lidereza Yirley Velasco en el espacio de Daniel Samper Ospina, uno de los impulsores de la iniciativa, deja una impresión profunda y nos acerca a la durísima realidad de tantos colombianos. Dice ella que tiene que tomarse el canal “porque ustedes los colombianos que viven en las ciudades no nos escuchan”. Últimamente se ha unido a esta iniciativa, hasta esa sólida institución colombiana que es “El minuto de Dios”. Resta decir ¡gracias! y no perder la esperanza de que por fin las cosas cambien.

Foto: Mauricioagudelo [CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/)%5D

 

La liberación de la belleza

Ahora que se acerca el Día de la Mujer hablemos de un tema que, sin ser primordial en las reivindicaciones femeninas, si determina el diario vivir: el imperativo de la belleza.

Empecemos por la película “Roma”, por el revuelo que ha surgido por cuenta de Yalitza Aparicio y su nominación al Oscar. La actriz indígena irrumpe en carátulas de esas revistas que definen el glamur, desafiando el estereotipo de las mujeres que normalmente salen allí. En México la han insultado con comentarios como el del actor Sergio Goyri: “Que metan a nominar a una pinche india que dice ‘sí, señora’, ‘no, señora’…”. Si Aparicio fuera hombre, tal vez se hablaría de su talento. Siendo mujer, va a parar a la portada de Vogue, desde donde, serena, perturba a muchos. Ella no es blanca, esbelta, alta, como se espera de una actriz de éxito. Enfrenta siglos de prejuicios solo con su físico; con otra belleza, refrescante y liberadora.

Vayamos a otro continente, veamos una escena en las memorias de la feminista marroquí Fatema Mernissi, “Sueños en el umbral” (muy recomendable): ella está en Europa y va de compras, sufriendo una curiosa humillación. Le dicen que no tienen su talla, que vaya a tallas grandes. Queda atónita. Fatema cuenta que en su país la ropa de las mujeres era libremente ajustable, y nunca había tenido que enfrentarse a una supuesta falla de su cuerpo. En este lado del mundo es casi imposible imaginarnos tal libertad de los imperativos de la apariencia.

Hablando de imperativos y volviendo a nuestro país, miremos el Concurso Nacional de Belleza: un monumento a la norma blanca de belleza (dejando otras problemáticas normas de lado). Indaguemos en el absurdo de que tenga que existir un reinado popular, insólita respuesta a la patológica exclusión de mujeres con un físico oscuro y de extracción popular, mujeres como Aparicio. Ojalá logremos algún día liberar a la belleza de la norma y verla en la diversidad.

Publicado en Vanguardia Liberal el 2 de marzo, 2019

https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/la-liberacion-de-la-belleza-NF575971

 

De ríos, arrogancias e indignación

Corren tiempos de autodestrucción masiva, pues destruir la naturaleza es destruirnos. Como reacción tendríamos que proteger cada reducto de vida salvaje que queda. Y empezar a mirarnos, no como supuesto tercer mundo a desarrollar, sino como país especialmente rico en naturaleza, de exuberancia tropical. Y rico en personas que están arraigadas a la tierra con un tipo de conocimiento distinto al agroindustrial, que la cuida hasta con su vida. Pero no, mas bien nos quedamos admirados ante el gigantismo de megaproyectos, ilusionados con que ahora sí, ya casi, seremos como los países desarrollados.

Reproduzco aquí unas palabras de José María Samper, escritor y político liberal, una voz del imaginario de su tiempo, describiendo una escena en el río Magdalena (1868). Escuchemos de dónde venimos para entender lo que somos:

Allá (en la balsa) el hombre primitivo, brutal, indolente, semisalvaje… es decir, el boga colombiano con toda su insolencia (…), su cobarde petulancia, su indolencia increíble (); y más acá (en el buque de vapor) el europeo, activo, inteligente, blanco y elegante, muchas veces rubio, con su mirada penetrante y poética… (1)

Somos los herederos de una sociedad de castas en la que los criollos creían tener la tarea de imponer la civilización a la otra parte de la población. Y así, ¿qué posibilidad hay de que se escuche a esa otra parte? Nuestro modo de entender el progreso deja poco espacio para valores democráticos.

Hoy, los movimientos sociales y ambientales en defensa del territorio se ven como enemigos del progreso, incluso se criminalizan. Nunca se consideran interlocutores. En Hidroituango se han atropellado las justas protestas de los afectados y ninguneado la escandalosa serie del perjuicios sufridos. Muchas veces fue el Esmad, con violencia, el que representó al Estado.

La arrogancia histórica, además, se enreda con la codicia, bendecida por nuestro actual sistema económico. Se enreda también con abismos tenebrosos: los cientos de fosas comunes sepultadas bajo la represa. “Inundaron la memoria”, en palabras de habitantes de la zona.

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(1) Wills Obregón, M.E. (2002). De la nación católica a la nación multicultural: rupturas y desafíos. En: Sánchez Gómez, Gonzalo & Wills Obregón, María Emma (Eds.). Museo, Memoria y Nación. Memorias del Simposio Internacional y IV Cátedra Anuual de Historia “Ernesto Restrepo Tirado”. Bogotá: Ministerio de Cultura.

Publicado en Vanguardia Liberal el Sábado 16 de febrero, 2019. https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/de-rios-arrogancias-e-indignacion-FA507766

Migración

¿La inmigración es un problema? Sí, para los migrantes, los que lo dejan todo. Decir que estamos a favor o en contra de la inmigración es irrelevante, pues esta es parte de nuestra condición en el globo terráqueo. Las personas siempre se han movido, siempre han escapado al conflicto, a la escasez o han buscado algo mejor. Querer detener la inmigración es condenar a la ilegalidad a las personas que seguirán cruzando fronteras. Es ver solo el síntoma y no la causa; es practicar un egoísmo desalmado y, en tiempos globalizados, irreal.

En el norte global, el rechazo a la inmigración, fomentado por partidos de extrema derecha, crece cada vez mas. El racismo pierde su vergüenza, sirve bien a los intereses de políticos que buscan chivos expiatorios para los complejos problemas que nos aquejan hoy. Muchos de los refugiados huyen de guerras en las que los mismos gobiernos antiinmigración están metidos hasta la médula. Hay también refugiados de nuestro sistema económico globalizado, el cual se ha encargado de empobrecer algunos países. Se me viene a la mente la imagen de los tomates europeos subsidiados vendiéndose en países africanos y arruinando a sus campesinos, situación anclada en la flexibilidad del “mercado libre” de productos y dinero, convertido en inflexibilidad cuando los que cruzan fronteras son personas. Esta es una de esas (para algunos, cómodas) contradicciones de nuestros dogmas.

Colombia sigue siendo un país de emigración, a pesar de la voluminosa inmigración venezolana. ¿Con que derecho, después del éxodo colombiano de decenios, nos permitimos juzgar la inmigración de otros?

Podemos pensar la inmigración como un reto, pero tal vez no lo es tanto como pensamos. Es necesario informarnos bien, pues generalmente no se tiene en cuenta la aportación de los migrantes a la economía ni se tiene conciencia de su costo relativo en las carteras nacionales. En este sentido, se agradece el “Proyecto Migración Venezuela”, lanzado por la revista Semana para “combatir la desinformación y los prejuicios sobre la migración”.

Publicado 29.12.2018

https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/454032-migracion

El Amazonas o nuestros prejuicios

Me quedé de piedra al leer unas frases de Stefan Zweig, un autor que me encanta, en el libro “Momentos estelares de la humanidad”. Con autores de pasadas generaciones muchas veces sucede que la distancia temporal visibiliza el imaginario de su época y con ello sus hondos prejuicios. Dice al terminar su relato sobre Nuñez de Balboa: “… se apaga para siempre la mirada que fue la primera de toda la humanidad en contemplar al mismo tiempo los dos océanos que abarcan nuestra tierra”. Zweig tiene perfectamente claro que los nativos ya habían visto el océano “descubierto”, pero no se le ocurre que ellos son parte de la humanidad. El nativo es invisible para un europeo humanista como Zweig.

Volviendo al presente me quedé otra vez de piedra al ver en un documental los mapas que muestran el avance de la destrucción de la selva amazónica. El 20% de la selva está ya arrasada, el 65% de la destrucción es para poner ganado, pues el patrón de consumo de la clase media occidental –el apetito de carne– crece alarmantemente. En medio de estas zonas rojas hay enclaves verdes. Son los resguardos indígenas, nos explica el documental. Esos mismos que ahora con Bolsonaro peligran.

Sobre el Amazonas y para quedarnos boquiabiertos: Una investigación multidisciplinaria (liderada por S.Y. Maezumi de la universidad de Exeter, Inglaterra), ha llegado a la conclusión de que la selva amazónica no es naturaleza virgen, sino que es producto de la gestión del ser humano: se trata de un gigantesco “bosque comestible” ¡cultivado hace 4,500 años! Este modelo podría ser de ayuda en nuestra búsqueda de una nueva manera de entender la agricultura.

A menos de cien años de los textos de Zweig y enfrentando nuestra autodefinición occidental como los civilizados, nos topamos con un poderoso saber indígena. Se hace necesario cuestionar nuestros esquemas culturales. Los nativos americanos están ayudando a contrarrestar la destrucción del planeta y no es desde una posición de premodernidad.

Publicado en Vanguardia Liberal el sábado 8 de diciembre/ 2 018

Estatus, educación y otras curiosidades

Publicado en Vanguardia Liberal el 17.12.2018

El estatus social que otorgamos a las diferentes profesiones varía en distintas sociedades y épocas. Una nota histórica da ejemplo de ello: Santiago Castro-Gómez (en “La Hybris del Punto Cero”) señala que, en tiempos de la Nueva Granada, los estudios propios de aristócratas eran las humanidades, mientras la medicina no gozaba de mucho estatus. Resulta que, como para entrar a la universidad había que demostrar un necesario grado de “blancura” (¡!) y los pocos privilegiados preferían dedicarse a carreras de mayor prestigio, ¡había una gravísima falta de médicos! Los “pardos”, no importa cuán talentosos fueran, enfrentaban enormes dificultades para ejercer las artes curativas y eran tolerados por necesidad. El ridículo de esta situación solo se ve en perspectiva histórica.

Hoy se le tendría que dar mucha importancia a la educación pues, en teoría, basamos nuestra identidad nacional en los valores de la Ilustración. Pero no parece ser así. Esto se ve reflejado en la posición social que tienen los educadores en Colombia, no demasiado alta. Incluso, se desvalora a los profesores universitarios, considerando que solo están ahí porque no lograron insertarse en el sector privado. Como contraste, en China los educadores tienen un estatus similar al de los médicos, mientras en Austria los profesores universitarios tienen un estatus tan alto que los títulos de doctores (o sea, referentes a un doctorado universitario) de facto suplantan a los nobiliarios, allí derogados. No hay que confundir esto con la “doctoritis” colombiana, curiosidad cultural que no tiene que ver con una vida dedicada al saber.

La educación es un poderoso instrumento para posibilitar la movilidad social, pero tampoco parece dársele mucha importancia a esta última en un país con fundamentos históricos en un sistema de apartheid, como vimos. Y aunque en Colombia tenemos excelentes universidades públicas de las que podemos estar orgullosos, nos dicen que no tenemos el dinero para costearlas. Pero no podemos prescindir de ellas, se trata de establecer prioridades y también de corregir injusticias históricas.

https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/450736-estatus-educacion-y-otras-curiosidades

 

 

 

De bacterias y hongos

Hemos perdido consciencia de los elementos y procesos que nos permiten vivir. Tomemos por ejemplo la agricultura. Antes, y todavía en algunos sitios, esta funcionaba en un ciclo perfecto: los desechos humanos y agrícolas se usaban, entre otras cosas, para alimentar la tierra y sus habitantes –desde las minúsculas bacterias hasta las gigantescas redes de hongos– que, hoy lo sabemos, son responsables de mantenerla viva y fértil. Y volvían a crecer los alimentos. Recientemente, rompimos ese ciclo milenario y lo cambiamos, con la arrogancia propia de nuestra cultura occidental, por una cadena lineal absurda. Para “fertilizar”, se aplican agrotóxicos producidos en fábricas, bajo la creencia (falsa) de que podemos seguir cultivando indefinidamente en el polvo muerto resultante. Los desechos no encuentran el camino de vuelta, pues además son tóxicos, estorban y van a parar a otro lado causando costos y daños considerables.

Estas prácticas irracionales nos están pasando factura. Para quedarnos con el tema suelos, y según un estudio de la ONU (Perspectiva Global de la Tierra), un tercio de los suelos de nuestro planeta está severamente degradado, y la causa principal es ¡la expansión de la agricultura industrial! Es alarmante esta cifra: incluso sin degradación necesitaríamos varios planetas para aguantar un consumo al estilo occidental de la población mundial creciente.

Queda claro que debemos reinventar nuestros esquemas agrícolas. De esto se encarga, entre otras disciplinas, la agroecología, cuya meta es diseñar sistemas agrícolas que sean sostenibles. Esta ciencia además procura trabajar mano a mano con la sabiduría ancestral de los que trabajan la tierra y conocen sus ciclos. Cabe destacar que en este campo hay una eminente científica colombiana que trabaja en Berkley, EE.UU.: Clara Inés Nicholls. Justamente en Colombia, y siguiendo los impulsos provenientes de las Naciones Unidas para destacar la importancia de la agricultura campesina, esta hoy retoma el lugar y la dignidad que le corresponde con la consolidación de la Red Nacional de Agricultura Familiar, Renaf.

A propósito: ¡no al uso del glifosato!

Publicado en Vanguardia Liberal, sábado 4 de agsto de 2018:

http://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/440973-de-bacterias-y-hongos

 

Por un país inclusivo

Ha sido difícil aceptar la diversidad –de todo tipo– en nuestra Colombia de raíces coloniales. Históricamente la clase dirigente se ha visto como la que dirige el progreso y, por lo tanto, con el deber y derecho a imponer su visión del mundo (un libro excelente sobre este tema es “El nacionalismo cosmopolita”, de Frédéric Martínez). Tal vez por esta razón parece natural que solamente las élites tradicionales hayan tenido acceso al poder.

Estamos en medio de un proceso electoral donde un candidato de izquierda (no, no es de extrema izquierda) ha logrado llegar vivo a la posibilidad real de ser presidente. Este hecho, en sí, solo puede ser positivo. Podría ser el comienzo de un país inclusivo que en algún momento llegue a aceptar la diversidad de opiniones, de intereses y hasta de cosmovisiones.

En países democráticos es normal que la derecha y la izquierda se alternen en el poder. Precisamente, los países con alto nivel de vida son aquellos donde se les ha dado cabida a demandas de la izquierda como son sólidos derechos laborales (como aquellos que desbarató Uribe en sus mandatos), educación y un sistema de salud asequible a todos, apoyos a los sectores más vulnerables de la sociedad (¡las mujeres!) y un sistema de impuestos que permita al Estado actuar. Hoy en Austria, por ejemplo, los hijos de un presidente de empresa van al mismo colegio que los del barrendero sin que nadie haya sentido necesidad de “irse a Miami”.

Puede ser que a los amigos uribistas les cueste mucho aceptar que la izquierda puede ganar unas elecciones. Es lamentable el pánico en el que están inmersos, gracias a la irresponsabilidad de su cabecilla. Un deseo para estas semanas: que los seguidores de Duque lean y escuchen a Petro para que juzguen su programa directamente y no a través del filtro de la propaganda. No para que cambien de ideas, sino para que voten por convicción y no por miedo.

Publicado en Vanguardia Liberal el 2 de Junio/ 2018

Orgánico … ¿o criollo?

Publicado el sábado 20 de enero en Vanguardia Liberal

Parece una moda: la comida “orgánica”. Una moda llegada del extranjero y solo accesible a pocos bolsillos. Se trata de productos sin agrotóxicos provenientes de pequeños agricultores y de cercanía. Pero un momento … ¿no recuerdan estas características a las de los alimentos llamados “criollos”? Resulta que en países industrializados, con una agroindustria omnipresente, prácticamente no existe el equivalente a “criollo”. Allí lo orgánico como novedad en su momento necesitaba rotulación acorde. Y estas rotulaciones nos llegan y encajan como pueden en nuestra propia realidad. Desde el extranjero se redefine algo muy parecido a “lo criollo” como algo especial, saludable y hasta chic.

“No creo en eso” o “Cosas raras que se inventan en los países ricos”, dirán algunos. Y sin embargo, la cosa rara que se inventaron los países enriquecidos es la agricultura industrial basada en agroquímicos: alimentos con a veces alarmantes grados de contaminación, con pérdida de nutrientes, que dejan tras de sí una estela de destrucción ambiental en su producción y distribución, amén de la ineficiencia energética de su producción basada en combustibles fósiles (ver por ej. los análisis de Joan M. Alier). Productos como el huevo o el pollo orgánico en cambio, esos se parecen mucho mas a los de toda la vida (al igual que su costo justo). Pero dejamos de creer en lo criollo, para creer en las bellezas perfectas que nos venden en el supermercado, lamentablemente sin etiqueta adicional que indique la cantidad de agroquímicos que llevan adosados.

Imaginamos lo “criollo” como destinado a dejar de existir, junto con el campesinado que lo produce, cuando llegue el improbable momento de ser un país “desarrollado”. Sería hora de entender que este campesinado, lejos de representar atraso, es portador de una reserva de saberes que ya se están teniendo en cuenta en investigaciones agroecológicas (ver por ejemplo Clara I. Nicholls o Victor M. Toledo). Pues efectivamente parece posible inventarnos una agricultura que alimente al mundo sin destrozarlo en el intento.

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Mercado campesino de Acuarela, Los Santos, Santander, Colombia

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