Una aparición

Nenasvestidos

De un lado: Exposición y vulnerabilidad, con alegría e inocencia o ¿podría haber algo de desafío? “Aquí estoy, existo, tal como soy, ¿que vas a hacer conmigo?”

Del otro lado: sorpresa, parece que fueran a alguna parte pero algo insólito las paró: esta aparición. Casi de otro mundo, o en efecto, de otro mundo. Extraño, pero ahora cercano. Muestra, solo con su presencia, lo que no sabemos, una existencia ignorada.

Me causa una infinita ternura esta niña. Algo llega profundo. A ella en su aplomo y dignidad la siento fuerte aunque tan vulnerable… Una extraterrestre que quedará a merced de la mirada, y la supuesta superioridad en ropas de plástico, de las otras, .

En Medellín, Colombia, donde crecí, estudiábamos en el colegio a los indígenas como quien va a un museo, estos pertenecen a este grupo linguistico, los otros al otro, había algún mapa en el que se mostraban las correspondientes zonas, tal vez alguna información sobre sus costumbres. Nunca el presente, nunca la cercanía geográfica, y ni palabra de una historia de sangre, repleta de injusticias. Bueno, si, algunos números sobre la conquista, que no pasaban de ser números. Todavía me sorprende saber que indígenas, habitantes originarios de esas tierras, viven cerca de ciudades como Medellín o Bogotá. Y así, casi se puede entender que los atropellos que sufren no se sientan como propios en las ciudades.

Anuncios

“Y cuénteme, que sabe de su tierra?…”

La canción de Katie James “Toitico bien empacao” ha causado revuelo. Al principio la imagen y el bambuco pueden resultar un poco incongruentes y uno espera, persistente expectativa, que ella cante con acento. Pero no, Katie es, de alguna manera, colombiana (es interesante este encuentro con nuestros prejuicios). A medida que avanza la canción la reconocemos como cercana y nos va llegando profundo. A mi me conmovió hasta las lágrimas, y leyendo los comentarios me doy cuenta de que el efecto es general. Y tengo que preguntarme por el porqué.

Tal vez reconocemos el dolor del campo de no ser visto. Pues Katie pregunta cosas que solo a ella en su situación de hibridez cultural puede o se le ocurren cuestionar: ¿que sabe de su tierra? Pregunta que por obvia no vemos pues un lastre pesado de siglos no se destapa fácil, se trata de un orangután sentado en la mesa del que cuesta hablar: el desprecio del país urbano hacia el país agrario. Sí, no sabemos de donde viene el azúcar empaquetada del supermercado, mal que compartimos con el resto de la humanidad modernizada (con todas sus secuelas, pero esto es otro tema), pero más grave aún es que despreciamos a los que nos lo proporcionan, también un mal generalizado, pero exacerbado en Colombia como en todo país mal llamado “en desarrollo” al que se le ha hecho creer que todo verdadero saber viene de afuera. Nunca del campo y menos del propio.

Duele ese país que no oiría a un campesino que hiciera esa pregunta que hace Katie. O mas bien, duele ese país en el que a un campesino le costaría hacer esa pregunta, no porque no haga falta, o porque no la sienta, sino porque cuesta darle la vuelta a una cuestión que siempre ha sido al revés: el que se considera que no sabe es el campesino. No sabe de la vida moderna, la única que parece importar. Saber de la tierra no es un saber que aparentemente haga falta en un país que huye a toda carrera, y desde hace siglos, de si mismo. Que quiere ser siempre otra cosa, mas moderna, menos “de la tierra”, más blanco. Un país que lleva decenios de naturalizar en el sentido común urbano a los rotulados como “desplazados”, de verlos como parte del paisaje. Pero Katie, sin el lastre de los siglos que hacen parecer inamovibles las estructuras, sí hace la pregunta, y ésta nos puede llegar hasta el tuétano, porque nos toca una llaga: esa huída de nosotros mismos no puede tener éxito.

También duele la pregunta porque nos recuerda cual es la Colombia que queremos muchos, una Colombia que quisiéramos recuperar. Esas hortalizas de las que habla Katie, ese ritmo, son los mismos elementos que pueblan nuestra infancia y que construyen algo tan elusivo como nuestra “colombianidad”. Una Colombia que se nos desmorona. Nos recuerda la frustración de ver como el tratado de paz se desbarata vilmente y la injusticia que ha sufrido el campo vuelve a quedar ignorada. Duele la impotencia ante el destrozo por parte de un partido político, y para provecho propio, de todo intento de tomar en serio el sufrimiento rural.

Lacejaant

Aparece esta canción al tiempo que se hacen esfuerzos concretos por parte de los medios por visibilizar los problemas del campo colombiano; el desprecio hace ya mucho que rebozó la copa. Tiene secuelas mortales: el abandono de los líderes sociales a su suerte. Pues no es un secreto que los muertos de un club social en Bogotá provocan una indignación que nunca provocan los cientos de muertes de líderes sociales, todos ellos luchando en las injusticias y soledades del la Colombia rural. Se agradece la iniciativa #UnLíderEnMiLugar para darles espacio a líderes sociales, al que se han unido entre otros, varios columnistas de la revista Semana. Por ejemplo, la lidereza Yirley Velasco en el espacio de Daniel Samper Ospina, uno de los impulsores de la iniciativa, deja una impresión profunda y nos acerca a la durísima realidad de tantos colombianos. Dice ella que tiene que tomarse el canal “porque ustedes los colombianos que viven en las ciudades no nos escuchan”. Últimamente se ha unido a esta iniciativa, hasta esa sólida institución colombiana que es “El minuto de Dios”. Resta decir ¡gracias! y no perder la esperanza de que por fin las cosas cambien.

Foto: Mauricioagudelo [CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/)%5D

 

El decrecimiento o enfrentando la inercia

“Todo era para siempre, hasta que ya no fue”, reza el título de un libro sobre la caída de la Unión Soviética. Los sistemas humanos parecen sólidos y todo brusco evento histórico parece improbable hasta que sucede. Gajes de nuestras mentes que facilitan, tal vez, vivir, pero no contribuyen a que seamos previsivos. Hace falta una niña como Greta Thunberg –búsquenla y maravíllense ante su claridad– para enfrentarnos a esta inercia. Su síndrome de Asperger le permite un dogmatismo necesario (como apunta el filósofo Slavoj Žižek) para lidiar con crisis como la medioambiental de hoy. Ella es tajante: llama a actuar, no hay tiempo de conversarlo.

Llego a sorprenderme cuando veo que, en sociedades que deberían llamarse sobredesarrolladas más que desarrolladas, se sigue hablando del crecimiento económico como necesario y deseable pese a que para continuar con nuestro consumo global actual, tendríamos que tener varios planetas a nuestra disposición. Y no se trata tanto de superpoblación, creencia generalizada, sino de formas de vida: según Oxfam, las emisiones de carbono del uno 1 % más rico son treinta veces mayores que las de 50 % más pobre.

En efecto, y hablando de dogmas, uno de los más arraigados hoy es que las economías deben crecer sin límite; un completo absurdo. Hace casi cincuenta años (en 1972) que El Club de Roma emitió un reporte (encargado a investigadores de MIT): “Los límites del crecimiento”. El mensaje era, por lo demás de acuerdo con afirmaciones de algunos fundadores del capitalismo como Adam Smith: la economía no puede crecer indefinidamente. Esta idea puede desembocar en pánico, pues la asociamos a una depresión económica. Esto es inevitable si dejamos que suceda, pero no lo es si se trata de un proceso estudiado, controlado. Por lo menos esto dicen los estudiosos del movimiento del decrecimiento, como Serge Latouche, o de la economía ecológica, como Joan Martínez Alier.

Escuchemos a Greta. No podemos seguir rodando hacia el abismo solo porque puede ser peligroso virar. Hay alternativas.

Publicado en Vanguardia Liberal el 4 de mayo/ 2019: https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/el-decrecimiento-o-enfrentando-la-inercia-BH889553

 

Indígenas y desarrollo

 

Haber recogido derechos culturales en nuestra Constitución es una razón para estar orgullosos de Colombia: son derechos de vanguardia que trascienden las ideologías del siglo XX, capitalistas o comunistas. Es lamentable que no interioricemos que lo que se pone en el papel es para cumplirlo.

Hoy la prioridad de la humanidad debe ser revertir la extinción masiva, parar el calentamiento global, etc. En una columna anterior comentaba que las áreas que sobreviven a la tala ilegal en el Amazonas coinciden con los resguardos indígenas, pues allí se protege lo que la codicia propia de nuestra cultura no respeta. Algo parecido sucede en territorio colombiano: se les echó en cara a los indígenas de la minga las tantas hectáreas que tienen, pero el vocero Giovani Yule explicó que el 70% de sus tierras en el Cauca son zonas protegidas, fuentes hídricas, tierras sagradas. A los indígenas, no al Gobierno, les podemos agradecer que tengan las prioridades claras, las mismas que las Naciones Unidas están tratando de introducir con la “Declaración sobre Derechos Campesinos” (que se ningunean en nuestro país), o las que se han tratado de establecer desde el Proceso de Paz. Desde todos estos puntos de vista las demandas de la minga son justas y de actualidad histórica. Lamentablemente, este Gobierno –aunque también los anteriores, con incumplimientos desvergonzados– dejó que la situación llegara a extremos.

Las demandas indígenas pueden ir contra lo que entendemos por “desarrollo” (en temas como el “fracking” o en su concepción de la función de las tierras) y, en consecuencia, parecer sacrílegas, pues para nuestra identidad de país subdesarrollado, “desarrollarse” es mandato cultural. El problema, o uno de ellos, es que el desarrollismo, al final, es un empeño irracional, pues a todas luces el modelo de vida occidental no se puede extender a todo el planeta (ver autores como Serge Latouche).

Por nuestro futuro, y ante un “desarrollo” voraz y caduco, ¡agradezcamos a los indígenas que sigan luchando!

 

Publicado el 13 de abril, 2019:

https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/indigenas-y-desarrollo-EH786305

 

Directo al cerebro reptiliano

https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/directo-al-cerebro-reptiliano-MD720248

Incredulidad, rabia, desaliento, estupor, no sé si es el orden en el que se nos cae el ánimo a tantos, al ver que el uribismo vuelve y juega con sandeces desinformativas. Comenzó con los puntos de Duque contra la JEP. Un tema jurídico complejo: hacía falta informarnos para entender un mínimo. Aquí el partido caudillista toma un atajo, pues se encarga de simplificarnos cualquier tema, y así comenzamos con la desinformación: “es que los que se oponen a las reformas de Duque pretenden es defender a los violadores de niños”.

Aquí no hay espacio para analizar por qué los “argumentos” uribistas son sandeces desinformadas, pero remito, por ejemplo, a “Colombia 2020”. Recomiendo: “Las víctimas de violencia sexual de las Farc piden que sus casos los lleve la JEP”.

Entendí que volvíamos al ruedo. A la incredulidad frente a la credulidad, mediada por la ignorancia, de tantos seguidores del Jefe Eterno. Y funciona así: se selecciona un tema que llame al morbo y lleve inmediatamente a la indignación, saltándose en nuestro cerebro la zona racional, esa adquirida por el homo sapiens, para llegar al cerebro inconsciente, el de las emociones y reacciones inmediatas (el límbico y el reptiliano, respectivamente). De ahí ya es difícil salir y no hay argumento que entre.

Prosigamos: una rama del uribismo se encargó de reducir más la información, dejarla pulcra y liviana. Aparece la ruin valla en Antioquia poniendo a la JEP del lado de los victimarios, desinformando en perfecta tergiversación. Estudiemos la perversa genialidad uribista al ver la simplicidad de la valla, comparada con la que después sacó el Partido Liberal, que es pesada, no fluye.

JEP

Es que, lamentablemente, en el reino de la posverdad, los que seguimos insistiendo en la información no hemos entendido que hay que entrar al cerebro reptiliano; si no, estamos habitando en salones distintos, sin posibilidades de que nos oigan… ¿o sí? Lo seguiremos intentando, con análisis y argumentos. La esperanza no se pierde.

@GiselaRuiseco

Por la vida, por los insectos

Hoy, después de unos setenta años desde los comienzos de la llamada “revolución verde”, sigue vigente la creencia de que para alimentarnos es necesario practicar el tipo de agricultura que todavía consideramos moderna: monocultivos extensivos y mecanizados, agroquímicos y semillas transgénicas. Puede ser difícil de aceptar, pero nos hemos equivocado. Hasta las Naciones Unidas ha dictaminado que la única manera de alimentarnos a futuro va a ser a través de pequeños agricultores. Los saberes desarrollados en la agroecología serán fundamentales.

El relato de la revolución verde, como todo paradigma, sufre de puntos ciegos. Para referirnos solo a uno: nos hemos dedicado a envenenar insectos sin ver que son fundamentales para nuestra supervivencia. No habíamos percibido la importancia de la salud de los suelos, basada en un normalmente riquísimo hábitat de múltiples organismos que fomentan la disponibilidad de nutrientes, regulan la materia orgánica en la tierra y el almacenamiento del agua, modificando su estructura física. Inicialmente, los métodos de la agricultura industrial parecían mejorar la productividad; hoy, aniquilada la vida, quedan anuladas estas mejoras por la degradación del suelo resultante. Ni hablar de la importancia de la abejas para la polinización, un tema más conocido. Impedidos por una arrogante ignorancia, solo ahora vemos los letales efectos de nuestras acciones. Como titula el New York Times: el Apocalipsis de los insectos ya está aquí.

DSC_2621

Desde este punto de vista resulta grotesco un equipo de gobierno que todavía defiende, ya no solo la agricultura industrial, sino desatinos como la aspersión con glifosato o el fracking. El glifosato no debería considerarse como opción, de ninguna manera, ni siquiera si tuviera algún chance de acabar con las siembras ilícitas. En un momento de alarma global la prioridad es no seguir rociando venenos. El gobierno colombiano va a contracorriente del cambio necesario. Seguiremos rodando hacia el abismo si seguimos votando a personajes que triunfan con sus lemas de miedo, distrayendo de sus políticas continuistas, desbocadas en codicia e incrustadas en ideologías caducas.

Publicado en Vanguardia Liberal Marzo 16/ 2019

https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/por-la-vida-por-los-insectos-EK639789

 

La liberación de la belleza

Ahora que se acerca el Día de la Mujer hablemos de un tema que, sin ser primordial en las reivindicaciones femeninas, si determina el diario vivir: el imperativo de la belleza.

Empecemos por la película “Roma”, por el revuelo que ha surgido por cuenta de Yalitza Aparicio y su nominación al Oscar. La actriz indígena irrumpe en carátulas de esas revistas que definen el glamur, desafiando el estereotipo de las mujeres que normalmente salen allí. En México la han insultado con comentarios como el del actor Sergio Goyri: “Que metan a nominar a una pinche india que dice ‘sí, señora’, ‘no, señora’…”. Si Aparicio fuera hombre, tal vez se hablaría de su talento. Siendo mujer, va a parar a la portada de Vogue, desde donde, serena, perturba a muchos. Ella no es blanca, esbelta, alta, como se espera de una actriz de éxito. Enfrenta siglos de prejuicios solo con su físico; con otra belleza, refrescante y liberadora.

Vayamos a otro continente, veamos una escena en las memorias de la feminista marroquí Fatema Mernissi, “Sueños en el umbral” (muy recomendable): ella está en Europa y va de compras, sufriendo una curiosa humillación. Le dicen que no tienen su talla, que vaya a tallas grandes. Queda atónita. Fatema cuenta que en su país la ropa de las mujeres era libremente ajustable, y nunca había tenido que enfrentarse a una supuesta falla de su cuerpo. En este lado del mundo es casi imposible imaginarnos tal libertad de los imperativos de la apariencia.

Hablando de imperativos y volviendo a nuestro país, miremos el Concurso Nacional de Belleza: un monumento a la norma blanca de belleza (dejando otras problemáticas normas de lado). Indaguemos en el absurdo de que tenga que existir un reinado popular, insólita respuesta a la patológica exclusión de mujeres con un físico oscuro y de extracción popular, mujeres como Aparicio. Ojalá logremos algún día liberar a la belleza de la norma y verla en la diversidad.

Publicado en Vanguardia Liberal el 2 de marzo, 2019

https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/la-liberacion-de-la-belleza-NF575971

 

De ríos, arrogancias e indignación

Corren tiempos de autodestrucción masiva, pues destruir la naturaleza es destruirnos. Como reacción tendríamos que proteger cada reducto de vida salvaje que queda. Y empezar a mirarnos, no como supuesto tercer mundo a desarrollar, sino como país especialmente rico en naturaleza, de exuberancia tropical. Y rico en personas que están arraigadas a la tierra con un tipo de conocimiento distinto al agroindustrial, que la cuida hasta con su vida. Pero no, mas bien nos quedamos admirados ante el gigantismo de megaproyectos, ilusionados con que ahora sí, ya casi, seremos como los países desarrollados.

Reproduzco aquí unas palabras de José María Samper, escritor y político liberal, una voz del imaginario de su tiempo, describiendo una escena en el río Magdalena (1868). Escuchemos de dónde venimos para entender lo que somos:

Allá (en la balsa) el hombre primitivo, brutal, indolente, semisalvaje… es decir, el boga colombiano con toda su insolencia (…), su cobarde petulancia, su indolencia increíble (); y más acá (en el buque de vapor) el europeo, activo, inteligente, blanco y elegante, muchas veces rubio, con su mirada penetrante y poética… (1)

Somos los herederos de una sociedad de castas en la que los criollos creían tener la tarea de imponer la civilización a la otra parte de la población. Y así, ¿qué posibilidad hay de que se escuche a esa otra parte? Nuestro modo de entender el progreso deja poco espacio para valores democráticos.

Hoy, los movimientos sociales y ambientales en defensa del territorio se ven como enemigos del progreso, incluso se criminalizan. Nunca se consideran interlocutores. En Hidroituango se han atropellado las justas protestas de los afectados y ninguneado la escandalosa serie del perjuicios sufridos. Muchas veces fue el Esmad, con violencia, el que representó al Estado.

La arrogancia histórica, además, se enreda con la codicia, bendecida por nuestro actual sistema económico. Se enreda también con abismos tenebrosos: los cientos de fosas comunes sepultadas bajo la represa. “Inundaron la memoria”, en palabras de habitantes de la zona.

———————

(1) Wills Obregón, M.E. (2002). De la nación católica a la nación multicultural: rupturas y desafíos. En: Sánchez Gómez, Gonzalo & Wills Obregón, María Emma (Eds.). Museo, Memoria y Nación. Memorias del Simposio Internacional y IV Cátedra Anuual de Historia “Ernesto Restrepo Tirado”. Bogotá: Ministerio de Cultura.

Publicado en Vanguardia Liberal el Sábado 16 de febrero, 2019. https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/de-rios-arrogancias-e-indignacion-FA507766

Complejidad

Vemos hoy como el mundo lentamente y por todas latitudes cae en manos de quienes proclaman mano dura. Quedamos convertidos en buenos y malos y a los malos por lógica hay que suprimirlos, alejarlos, controlarlos. Pareciera necesario sobresimplificar el mundo; tal vez porque nos abruma. Puede ser por un exceso de información que supera nuestra humanidad, por una complejidad que no logramos entender y que se sale de nuestras manos. No entendemos los vaivenes de lo que llaman economía, no vemos de donde viene nuestra comida ni a donde van nuestros desechos, ni nuestra ropa, ni casi nada de lo que llena nuestras necesidades diarias. No vemos el daño que causamos. No vemos la destrucción de la tierra, por lo menos no en la dimensión que se nos narra que está sucediendo. Nuestro conocimiento, nuestras posibilidades de reaccionar no son suficientes, se vuelven puramente cerebrales y agobiantes. Tal vez atadas a los medios sociales.

Y llegan los que nos simplifican el mundo y prometen mejoría rápida (let’s make America great again), los que supuestamente encuentran a culpables claros y sencillamente reconocibles (los inmigrantes) o personajes /agrupaciones claramente malvados (las guerrillas o Maduro) sin que tengamos que entender nada, ni hacer nada que implique mucho esfuerzo… Ni siquiera los muertos, disonantes en la narrativa, nos conmueven a repensar nuestros esquemas. Es que … quien sabe, algo habrán hecho, o a lo mejor son líos de faldas.

dibujo10-02-thumb

El problema es que la complejidad sigue ahí, y verla, aunque nos agobie, es tal vez la única manera de no caer en soluciones aparentemente fáciles pero a la larga catastróficas –lo que hace Bolsonaro hoy en el Amazonas tal vez no tenga vuelta atrás para el planeta–. Resaltar la complejidad significa hacer contrapeso a los facilismos, a los tantos que están de acuerdo en condenar sin ver matices, sin ver que todo tiene varios lados. Es llevar la contraria. Cuando oigo “el pueblo quiere xxxx”, ya sea en Cataluña, o ahora hablando de Venezuela, se me encienden todas la alarmas discursivas. El pueblo no existe, por lo menos no con una sola voz. ¡Somos diversos! Y tenemos necesidades e intereses diversos.

Cuando el mecanismo nacionalista aglutinador se pone en marcha el que señala la complejidad se vuelve un peligroso disidente. En la realidad maniquea que se ha creado, este personaje solo puede estar del otro lado, del de los malos. Veamos el caso de Venezuela. Se asume que no habrá guerra porque “el pueblo” acoge al nuevo presidente. Se olvida que el chavismo durante mucho años no ha sido dictadura sino que se trataba de gobiernos electos democráticamente. Incluso en la últimas elecciones, se puede cuestionar el que no fueran correctas, como tan unánimemente se asume. Esto no quiere decir que el gobierno de Maduro no haya tomado un rumbo autoritario en muchos sentidos. Pero si quiere decir que seguramente “el pueblo” entero no apoya a Guaido, como argumentan muchos.

De las cosas que mas llaman la atención de los memes que llegan ensalzando a Guaido es la facilidad con que se presenta el cambio de gobierno. Es altamente peligroso dejar de ver la complejidad venezolana, pues al hacerlo, toma forma la idea de que el cambio puede ser rápido e indoloro. Sucede muchas veces al comienzo de la guerras, precisamente al encenderse los fervores patrióticos, la creencia de que ésta será corta (lo dice Stefan Zweig en sus memorias o Chimamanda Adichie acerca de la guerra de Biafra, por ejemplo). Entender y sopesar la complejidad de las situaciones permitiría juzgar una situación con muchas mejores posibilidades de no cometer errores garrafales. Pero a los líderes poíticos que ya se han montado en su corcel guerrero y han resarcido su popularidad, ahora sin resquiebros, esto poco les interesa.

Dibujo de Rubén Caruso

 

Nación a retazos

Es conocida la visión de Benedict Anderson de la nación como una “comunidad imaginaria”: sus miembros nunca conocen a todos sus connacionales, ni siquiera oirán alguna vez de ellos. Y, sin embargo, en sus mentes vive la imagen de su comunión.

El nacionalismo se construye sobre ese “nosotros” imaginado. Líderes astutos pueden inundar fácilmente nuestro corazón de nacionalismo cuando invocan una unidad en torno de un nosotros ofendido por un otro. Y no hay nada mejor que declarar una guerra para enfilarlos tras de un líder, o para hacer líderes donde no los hay (veo a Duque sobre un brioso corcel, como salió estos días en una ilustración). Y el nacionalismo, con su vocabulario aglutinante, pomposo, no nos deja pensar sobriamente.

Hoy Colombia está nuevamente en pie de guerra. Algunos acaso sentirán alivio: es más difícil lidiar con la paz que con la guerra. En el postconflicto hay que enfrentarse a verdades incómodas, a lo inaudito en el propio seno. En la guerra, la “verdad” es fácil, como la de una película del oeste.

Volviendo a Anderson, el “nosotros” colombiano más bien parece una triste colcha de retazos cosida a medias que una comunión. Las trágicas muertes del atentado de Bogotá levantan justamente horror nacional, pero pareciera que las muertes de líderes sociales se descosen del nosotros, pues no causan discursos presidenciales ni patriotismos agitados. Pareciera que ver la foto de la líder Maritza Ramírez Chaverra no doliera tanto como ver la del cadete Andrés Felipe Carvajal, por mencionar dos nombres de tantos.

Justamente es desde las soledades colombianas que se clama por continuar los diálogos con el ELN, pues serán el Catatumbo o el Chocó o Arauca los que verán la guerra y el funesto renacer de la mano dura. Grave también, verán aún más enfriamiento del apoyo a los que trabajan por la paz. Los muertos serán muchos más que los del atentado de Bogotá, pero estarán lejos de los que toman decisiones.

Publicado en Vanguardia Liberal el 2 de febrero/2019
https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/gisela-ruiseco-galvis/nacion-a-retazos-FB425502

 

 

A %d blogueros les gusta esto: