Somos uno

–Frente a la pandemia y el desastre planetario—

Estamos destrozando la vida en nuestro bellísimo planeta. Hace décadas ya, si no más, lo sabemos perfectamente. Sin embargo actuamos como el que sigue fumando aunque le lluevan todas las informaciones acerca de lo que le está haciendo a su cuerpo. Estamos hechos así: los peligros que no tenemos justo en frente no nos mueven a actuar. Aunque es curioso, pues la destrucción planetaria en realidad ya llegó; la lejanía del peligro ya no se sitúa en el tiempo, como la del fumador, sino en la inmensidad geográfica. Es un problema de escalas: se trata de que estamos quemando el planeta y no nuestra casa privada. Los desastres se acrecientan en las estadísticas pero pocas veces nos afectan directamente y no los vivenciamos como causados por nosotros mismos (por ej: el coronavirus). Además, esa cualidad humana que nos permite ir normalizando condiciones adversas ahora va en contra nuestra.

El llamado es a que nos unamos como seres humanos para cambiar estas condiciones, y esto tampoco es novedad. Sin embargo, es justo en este momento crítico que nos hundimos en nacionalismos y patriotismos, en muros y miedos que excluyen, en defensa de lo que me puede salvar a mí aunque se hunda el otro. Estamos en un renacer del demonizar a cualquier Otro y convertirlo en malvado insalvable, del adoptar Führers que nos sacarán mágicamente del desastre, por lo menos a “nosotros”. A algunos nos saltan todas las alarmas al ver este proceso, otros logran algo de (falsa) tranquilidad…

Y en esas condiciones llega el coronavirus. Y lo increíble: no tardamos en darnos cuenta de que intentar salvarnos solo “nosotros” no ayuda para nada. El mejor ejemplo: el hacinamiento de trabajadores migrantes, tema con el que convivíamos tranquilamente, empeoró la situación de contagio para todos. Súbitamente, el que ese inmigrante no estuviera bien, un prójimo para el que no aplican los derechos del resto de ciudadanos, nos afecta a todos, a la población en general. También rápidamente, la narrativa neoliberal de que la salud privada es más eficiente y de que la salud pública es un dinosaurio destinado a desaparecer, se vio ridiculizada cuando esta última emergió muy digna de sus ruinas y con importancia suprema. Pudimos atisbar el abismo mortal que podía dejar el no tener instituciones fuertes de interés público que velen por el todo, más allá de los individuos, y de intereses y atomizaciones privadas.

Ahora llega otro capítulo más que va a reescribir nuestro imaginario pues hace visibles, una vez más en estos tiempos, otro tema que estaba invisibilizado: las posiciones de poder en el embudo que dictamina las relaciones norte-sur global. Hoy la colonialidad que nos penetra profundamente a todos, y tanto más a las distintas facetas de las relaciones internaciones, se hace visible. Veamos:

“A diciembre del año pasado, los países más ricos, con el 14 % de la población, habían comprado el 53 % de toda la capacidad de producción de vacunas. Eso significa que más del 80 % de la población o tendrá un acceso difícil a ellas o no lo tendrá. Lo más irónico de todo esto es que hace unos días salió un reporte de la Cámara de Comercio Internacional que encontró que una distribución no equitativa de las vacunas le costaría a la economía del mundo nueve trillones de dólares, y quien asumiría más de la mitad de los costos serían los mismos países desarrollados que hoy se están vacunando.”

Artículo en El Espectador: A esto se enfrentan los países ricos si los países pobres no tienen vacunas

La humanidad solo es tan fuerte como lo es su eslabón más débil. Solo juntos, adentro de cada nación pero también globalmente, podemos combatir los desafíos tremendos que enfrentamos hoy. Pareciera que necesitáramos golpes así de fuertes para darnos cuenta de que todos somos uno.

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Photo by Markus Spiske on Unsplash

2 comentarios sobre “Somos uno

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