Enfrentando las noticias falsas

Por Gisela Ruiseco Galvis

Ya estamos a un siglo de que Freud dejara claro que la racionalidad del ser humano es un barniz cubriendo el abismo del subconsciente. Más recientemente, experimentos neuro-psicológicos (ver por ej. a A. Damasio) han señalado que los centros emocionales son imprescindibles para la toma de decisiones. Una persona con daños en estos centros es incapaz de tomar hasta las decisiones más sencillas.

Sin embargo, somos parte de una civilización, la occidental, que es inseparable de la racionalidad como norte. Por ejemplo: se supone que escogemos racionalmente los productos que compramos y así damos forma a la “mano invisible”, proceso que debería dirigir impecablemente nuestra economía. O confiamos en que en la democracia se escoge al mejor porque podemos sopesar argumentos y elegir racionalmente. Flacos fundamentos… ahora asistimos globalmente al triunfo de aquellos que logran manipular con emociones, no a los que tienen soluciones. Jugar con las emociones y con chivos expiatorios, aunque no es novedad en la política, pareciera haberse institucionalizado.

Como ejemplo, vamos a Austria, la patria de Freud, donde hace poco se ha elegido un gobierno racista después de una campaña basada en cantidades alarmantes de noticias falsas, de producción de miedo y odio. En los EEUU gobierna otro nefasto ejemplo. Y Colombia no se queda al margen, como claramente quedó expuesto en la campaña del “no” que se basó explícitamente en provocar que la gente “votara berraca”. Interesante también como en esta campaña se juntaron el saber de la manipulación comercial, o marketing, y la manipulación política. Freud saluda.

¿Que hacer? Destapar mentiras y apelar al raciocinio pueden no dar resultado. Pero valga como inspiración: en Inglaterra la campaña “Stop funding hate” (“Deja de financiar el odio”), está obligando a empresas a dejar de hacer publicidad en periódicos con comprobada estrategia de noticias falsas y excesos racistas. No podemos apelar a la racionalidad de los votantes, pero ¡si a las billeteras de las corporaciones!

Link: https://stopfundinghate.org.uk/

Publicado en Vanguardia Liberal enero 27, 2018

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Orgánico … ¿o criollo?

Publicado el sábado 20 de enero en Vanguardia Liberal

Parece una moda: la comida “orgánica”. Una moda llegada del extranjero y solo accesible a pocos bolsillos. Se trata de productos sin agrotóxicos provenientes de pequeños agricultores y de cercanía. Pero un momento … ¿no recuerdan estas características a las de los alimentos llamados “criollos”? Resulta que en países industrializados, con una agroindustria omnipresente, prácticamente no existe el equivalente a “criollo”. Allí lo orgánico como novedad en su momento necesitaba rotulación acorde. Y estas rotulaciones nos llegan y encajan como pueden en nuestra propia realidad. Desde el extranjero se redefine algo muy parecido a “lo criollo” como algo especial, saludable y hasta chic.

“No creo en eso” o “Cosas raras que se inventan en los países ricos”, dirán algunos. Y sin embargo, la cosa rara que se inventaron los países enriquecidos es la agricultura industrial basada en agroquímicos: alimentos con a veces alarmantes grados de contaminación, con pérdida de nutrientes, que dejan tras de sí una estela de destrucción ambiental en su producción y distribución, amén de la ineficiencia energética de su producción basada en combustibles fósiles (ver por ej. los análisis de Joan M. Alier). Productos como el huevo o el pollo orgánico en cambio, esos se parecen mucho mas a los de toda la vida (al igual que su costo justo). Pero dejamos de creer en lo criollo, para creer en las bellezas perfectas que nos venden en el supermercado, lamentablemente sin etiqueta adicional que indique la cantidad de agroquímicos que llevan adosados.

Imaginamos lo “criollo” como destinado a dejar de existir, junto con el campesinado que lo produce, cuando llegue el improbable momento de ser un país “desarrollado”. Sería hora de entender que este campesinado, lejos de representar atraso, es portador de una reserva de saberes que ya se están teniendo en cuenta en investigaciones agroecológicas (ver por ejemplo Clara I. Nicholls o Victor M. Toledo). Pues efectivamente parece posible inventarnos una agricultura que alimente al mundo sin destrozarlo en el intento.

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Mercado campesino de Acuarela, Los Santos, Santander, Colombia

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