Algunas impresiones desde Cataluña

¿Que está sucediendo en Cataluña? Cumplí hace poco diez años de vivir en Barcelona y hay que decir que se necesita tiempo para llegar a cierta comprensión.

Cuando llegué no hablaba nada de catalán y mis primeras vivencias no fueron muy positivas respecto al idioma. En la Universidad, asistí a una introducción al uso de la biblioteca en la que muy correctamente se preguntó si todos los asistentes entendían catalán. Yo, claro, dije que no, y tras unas frases en castellano la introducción continuo inmutable en catalán. Hoy me hace gracia pues seguramente la persona en cuestión ¡no se dio cuenta de que había cambiado de idioma! Sucede. Pero en ese momento, y para alguien que consideraba una regla básica de cortesía intentar hablar en un idioma que el interlocutor entienda, me resultó algo rudo lo sucedido. En los siguientes días me topé además con una compañera con la que tenía que trabajar pero que se negaba a hablar castellano. Ni decir que no le entendía nada y así ¡era bastante difícil trabajar juntas! Todo esto puede irritar y sin embargo…

¿Porqué no había aprendido por lo menos un mínimo de catalán antes de llegar? Si hubiese ido a una universidad en Francia, por ejemplo, no se me hubiera ocurrido llegar sin hablar nada de francés. Resulta que me habían dicho en la misma universidad que no necesitaría el catalán… error por parte del profesor. Son el tipo de cosas que suceden aquí, dada la peculiar situación de la lengua local. Fui entendiendo que las personas que se niegan a hablar en castellano, y son pocas, son activistas en defensa de su lengua, quieren evitar que se margine, esta lengua que en época de Franco estaba prohibida como lengua oficial. Comprensible, aunque a veces deje una sensación de forzar las cosas, un sabor agridulce.

Un incidente, sucedido a una amiga, me iluminó más la situación. Según me contó, su compañera de vivienda, catalana, llegó un día furiosa a casa pues al parecer no era posible acudir a una clase de yoga en su propia lengua, pues la profesora se pasaba al castellano tan pronto como hubiera alguien que no entendiera catalán. Y, concluyó: yo hablo el castellano mal, no es mi lengua, ¡no es justo que tenga que comunicarme en ella en mi propia ciudad! … Así, fui entendiendo la complejidad de lo que sucedía. Y me puse a aprender catalán, claro está.

Un episodio que causó indignación hace unos años: Un taxista en Madrid hizo bajar a una pasajera porque estaba hablando en catalán por su móvil… Y sí, hay cierto anti-catalanismo en el resto de España, se siente. ¿Que tanto hay, y en que círculos? Tal vez unos círculos demasiado visibles en los últimos años dados los gobernantes de turno. Pero esto lleva a uno de los argumentos pro independencia que puede ser mas convincentes: “Si en mi casa no me quieren, lo mejor es irme…”.

Una curiosidad acerca del idioma: Me enteré en un momento, con sorpresa, de que hace años, no era bien visto entre la burguesía hablar el catalán. ¡Este no tenía estatus social! Tal vez no sorprende desde afuera, pues debe ser el sino de todos los idiomas de pueblos conquistados. Pero desde como se vive hoy el idioma catalán, sí resulta extraño pensar que hubiera tenido un problema de estatus.

El idioma atacado una y otra vez de diferentes maneras es un tema básico en la indignación catalana que ha dado paso al independentismo. Independentismo que no logró, como vimos en las elecciones parlamentarias del último domingo 27, sobrepasar el 50% de los votos, pero que se ha vuelto omnipresente en el día a día en Cataluña.

Muy ligado al idioma, uno de los argumentos más fuertes para la independencia es el identitario: “Somos una nación”: la nación catalana que no ha sido reconocida por parte del estado Español. Un argumento de identidad reivindicativa que me produce sentimientos encontrados. El concepto en sí depende de su definición, una nación es una “comunidad imaginaria” como dijo B. Anderson. No hay una “verdad” que se pueda encontrar al preguntar si una comunidad es una nación o no. Mas bien, ser “nación” ofrece un espejismo de solidez y puede servir muy bien para manipular. Si es el nacionalismo español el que ha maltratado a los catalanes, ¿podemos defender al nacionalismo catalán? Por otro lado: ¿Se puede negar la justificación de movimientos reivindicativos que reifican identidades aporreadas para emanciparse? Tipo “black power”…

Dijo Paul Gilroy, el pensador afro-inglés, en una conferencia en Barcelona (2014), que no hay un nacionalismo, aunque sea reivindicativo, que esté libre de los aspectos problemáticos de este fenómeno. El nacionalismo siempre, por definición, produce un “nosotros” y un “otros”, con lo cual es de por si excluyente. Y además quiere homogeneizar hacia adentro, lo sufre Cataluña en carne propia desde hace siglos: la peligrosa fantasía de nación con una sola lengua, una religión, etc. Puede que hoy en España los que defienden estas ideas sean una pequeña minoría pero me alcanza a sorprender su misma existencia, cuando se visibiliza. La cabeza del Estado Español, perdida en estas fantasías nacionales y con su modo intransigente, ha sido, irónicamente, el mejor aliado que ha tenido Cataluña para convencer a una buena parte de la población de que la independencia es la salida para poder respirar. Apuntado esto, hay que decir que hasta ahora no se sienten en Cataluña trazas de un nacionalismo excluyente y homogeneizador, por lo menos más allá de la xenofobia ya normalizada en Europa en general. Más bien lo contrario, aquí se respira, como extranjero del sur, un mejor aire que en otros países europeos.

Mi entusiasmo por estar viviendo momentos históricos de emancipación (las portentosas marchas han sido impresionantes) tiene entonces sus límites. El argumento más complicado para mí es uno que despliega una falta de solidaridad sin tapujos. En un autobús oí una conversación: “Es que no hay derecho, estarles pagando para que estén por ahí echados haciendo nada…”, refiriéndose al sur de España: la típica crítica hacia el estado de bienestar por parte de la derecha. Se olvida aquí que Cataluña ha recibido aportes sustanciales de la UE bajo el mismo criterio de distribución. Hay una versión más suave de este argumento que defiende que aún con criterios de distribución justos hacia las comunidades que menos tienen, a Cataluña se le saca más de lo debido. Igualmente el argumento en sí es feo: independencia para encerrarse en una isla de bienestar (pues aunque estemos en crisis estamos en una isla de bienestar).

Un argumento que sería para mí de los más convincentes, se lo he oído a la monja Teresa Forcades, es que los países pequeños funcionan mejor, más democráticamente. La religiosa, y un sector de la izquierda (la CUP), defiende la independencia como modo de implementar cambios profundos en la sociedad. Pero: estos cambios profundos ¿no se podrían hacer igualmente desde España pero con otros gobernantes? Esto en el caso de que fuera posible que un estado supuestamente soberano pueda emprender cambios profundos, asunto que después de lo ocurrido en Grecia parece dudoso.

En general me quedo con un sentimiento ambiguo. Por un lado comparto la emoción que se vive en Cataluña. Se comprende la indignación por los abusos que se han sufrido. Por el otro lado veo que los problemas profundos, esos que discutían los “indignados” en las sentadas en la plazas, ya han pasado a segundo término, y que el gobierno actual catalán, en parte responsable de tanto abuso y desmantelamiento social, se perfila como heroico … ahí algo no huele bien. Como dijimos antes, el nacionalismo exaltado bien puede servir para manipular. Pero esto es otro tema.

Por último, y para confundir(me) mas, hace poco asistí a un mitin en el que se encontraban todos los “alcaldes del cambio” de España. Estaban, entre otros Colau y Carmena, las alcaldesas de Barcelona y Madrid respectivamente, llegadas al poder después del movimiento de los indignados del 2011 y portadoras de esperanza para muchos. Al salir Carmena a hablar retumbaron los aplausos. Los presentes sentimos en esos momentos a Madrid y Barcelona como ciudades hermanas, aspirando a hacer las cosas de otra manera. Fue emocionante, esperanzador, y muy lejano a aquel profundo abismo que se visibiliza en otras ocasiones entre las dos ciudades.

(Publicado en Vanguardia Liberal, en la sección 7 días, el domingo 4 de octubre, 2015)

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